Ese niño de La Edad de Oro (I Parte)


                                     

Marti en Colegio San Anacleto

 

Caleidoscopio de Jose Antonio Gutierrez Caballero 

 

 

 

José Antonio Gutiérrez Caballero

 

Premio Especial Ensayo

del Centenario de La Edad de Oro 1989

Ministerio de Cultura de Cuba

 

Premio La Rosa Blanca 1999 como texto integral 

de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC

y el Comité Internacional de la IBBY en Cuba

 

 

 

 

Ese niño de La Edad de Oro

Primera Parte 

 

 

Dígame, de veras,

 

lo que los niños de su casa

 

han dicho de él, como niños,

 

y lo que a Vd. como hombre le parece.

 

José Martí: «Carta a Manuel Mercado»

 

No te olvides,

si tiene un hermano o un hijo,

de que vivió en tu tierra

el hombre más puro de la raza, José Martí,

y procura formarlo a su semejanza,

batallador y limpio como un arcángel. 

Gabriela Mistral: «Consejos a una niña centroamericana»

  

En torno a las premisas de este libro

 

Cuando se estudia a José Martí como renovador de la literatura infantil en Hispanoamérica, esta valoración no puede excluir el examen de la tradición que le sirve de base, ni el marco sociopolítico y cultural en donde van a revelarse las normas preceptivas imperantes, las condicionantes genéricas y las exigencias del escritor en torno a la práctica artística concreta.

Con esas premisas metodológicas, se ha tratado de reconstruir las primicias de la cultura martiana, a partir de las referencias a los textos didácticos que se utilizan por entonces en colegios e institutos de segunda enseñanza de la Isla, y del acercamiento a los libros y publicaciones periódicas que lee ese niño de La Edad de Oro durante su infancia y adolescencia. De este modo, se establecen las primeras claves de su contacto directo con una literatura al servicio de la educación patriótica de la niñez cubana, en pugna abierta con los designios de la enseñanza metropolitana.

Luego de esta etapa formativa, la investigación se interna en la década más fructífera de José Martí dentro de la serie literaria infantil nacional. Desde 1879, en sus funciones de colaborador de La Niñez, periódico que dirige Fernando Urzáis, hasta 1889, como redactor de La Edad de Oro, se puede observar cómo se ha ido perfilando el concepto martiano acerca del papel que debe desempeñar la literatura en la instrucción de los niños y jóvenes de “Nuestra América”, aspecto que se hace programático en su revista de Nueva York, en donde confluyen el padre (ya revelado en el poemario de 1882) y el maestro, no sólo en lo docente, sino también en lo artístico y formativo.

No basta decir que son Ismaelillo y La Edad de Oro modelos para la literatura infantil del continente. El excepcional valor, además del cuerpo literario conformado, estriba en su nacimiento dentro de un contexto cultural y político resistente al surgimiento de obras originales y desautomatizadoras que, como las de José Martí, persiguen la descolonización ética y estética de los niños de América, y vienen a cubrir, en este sector poblacional, una necesidad creciente de conocimiento y deleite.

El interés de la presente investigación es demostrar como “ese hombre de La Edad de Oro” transgrede la norma, desde el niño que la antecede, adelantándose un siglo a lo que ha de ser más tarde, especialmente en Cuba, después del triunfo revolucionario de 1959, una verdadera serie literaria, auspiciada y promovida por un proceso también renovador en lo social-político y en lo cultural.

El estudio toma en cuenta el criterio de continuidad y ruptura de la norma establecida en la literatura infantil de entonces, y no sólo se detiene en las obras martianas fundamentales, que conmocionan el contexto de las letras vigentes en Hispanoamérica, sino, a través de él se valoran los libros para niños dentro de un período mucho más amplio, que incluye las dos décadas (1859-1869/1879-1889), en que José Martí tiene mayor contacto con la producción de la serie literaria para la infancia y la juventud en la Isla. Años que se convierten en paradigma de la segunda mitad del siglo XIX, debido a la convergencia en ellos de factores de índole creativa y editorial, a juzgar por las continuas reediciones de cartillas, silabarios, libros de lectura, fabularios, publicaciones periódicas dedicadas a la niñez y poemarios, en su mayoría portadores de un contenido didáctico-moralizante, pero donde se acentúa cada vez más el desplazamiento de la norma española por la cubana, en busca de un contexto propio, con modelos y motivos nacionales.

La etapa intermedia entre ambas décadas ha sido excluida de la investigación en esta oportunidad, por considerar su autor que en esos años no se observa un desarrollo continuado y ascendente de la serie, sino más bien cierto estatismo creativo y editorial, al parecer, debido al cierre, desde 1868, de algunos institutos cubanos de segunda enseñanza y otros colegios privados del país, lo cual condiciona el exilio forzoso o el encarcelamiento y la deportación de los maestros y alumnos que han participado de una forma u otra en la guerra, pero, sobre todo, tiene su base en la “reforma” del plan de estudios correspondiente a 1863, que se realiza en 1871, por iniciativa de Ramón M. de Araíztegui, secretario de gobernación de la Isla. La consecuencia inmediata de esa ley es la recogida de un grupo de textos didácticos escritos por educadores criollos, en donde se revelan materiales de alto contenido patriótico y nacionalista. Todo el despliegue represivo y censor de la metrópoli se fundamenta en firmes propósitos de moralizar y españolizar en la medida posible, las generaciones venideras, asegurando la dominación de España en las Antillas, según refleja el propio documento firmado por el gobernador superior político de Cuba. El análisis integral de este período aparece en el Segundo Cofre de cofres, que bajo el título El tesoro encontrado, o La serie literaria infantil de Cuba a Hispanoamérica. Libro Segundo (1858-1899), está próximo a publicarse en el 2009, por Abracalibro International Publishers, al constituirse en una investigación cuyo proyecto obtiene el Premio Razón de Ser 1988, otorgado por la Fundación Cultural «Alejo Carpentier», del Ministerio de Cultura en Cuba.

Por último, la segunda parte de este ensayo se completa con el estudio de la década comprendida entre 1879 y 1889, en donde se gesta y madura un nuevo ciclo de renovación creadora, inaugurado por la modernidad en las letras hispánicas, que tiene su mayor expresión en la obra de José Martí.

Sea este libro (en dos entregas) una modesta contribución al estudio de la etapa de conmoción literaria, en la que se incuba el proyecto social y estético de “ese hombre de La Edad de Oro”, junto a la conformación de su ideario patriótico y antimperialista. Período definitivo para la afirmación de los principios ideoestéticos básicos de la literatura infantil hispanoamericana. que mantienen su vigencia hasta la época contemporánea.

 

Ese niño de La Edad de Oro (1853-1863)

 

Cuando José Julián Martí Pérez nace, el 28 de enero de 1853, ha comenzado a manifestarse ya, en el panorama cultural cubano, el movimiento restaurador del Buen Gusto, que tiene en la segunda generación romántica a la portadora de las cualidades ideoestéticas necesarias para el cambio de signo revelador de un nuevo estadio literario, y en la Revista de la Habana (1853-1857), que dirigen Rafael María de Mendive y José de Jesús Quintiliano García, su principal órgano difusor.

Además de las conquistas formales y la corrección de los excesos de la oleada anterior, este grupo de poetas renovadores, entre los que se encuentra el maestro y protector de José Martí en el colegio San Pablo, consigue llevar a un alto grado la expresión de lo cubano y su interiorización, en un discurso caracterizado por la mesura, la perfección del verso y la comunicación íntima del sujeto lírico con el paisaje insular. Igualmente, con la creación de los restauradores el Buen Gusto, la poesía para niños y jóvenes de entonces se muestra abierta al influjo de otras literaturas, como seña de la independencia gradual de la retórica romántica metropolitana. De ese modo, el desarrollo de la serie trae consigo la pérdida de un localismo paralizante y el reclamo de las fronteras más vastas para la expresión artística.

Pero quien se adentre en el proceso formativo de la serie literaria infantil cubana, durante el período de constitución progresiva de la nacionalidad, ha de observar cómo, en los años iniciales de la segunda mitad del siglo XIX, ya se evidencia el auge de una literatura que cumple con una función específica dentro de la vida social, donde ocupa un lugar revelante en la preparación del horizonte ideológico y estético de las sucesivas generaciones de cubanos que, como José Martí, emprenden —en la esfera de la política y la cultura— la definitiva liberación del dominio cultural español y la necesaria consecución de la identidad nacional.

A través del largo período constitutivo de la serie para la infancia de la Isla, anterior al natalicio de ese niño de La Edad de Oro, los escritores han ido recreando géneros, motivos y asuntos tomados de la tradición literaria criolla, por la existencia de determinada densidad cultural que permite establecer una intratextualidad propia en las letras cubanas de ese momento, cuya resonancia no desatiende José Martí cuando se permite renovar el discurso romántico que le precede. Ello denota su reconocimiento de pertenencia a una literatura nacional, y del rico acervo de la cultura española que le sirve de savia reproductora.

Por otra parte, de acuerdo con la plataforma programática de los encargados de diseñar los textos didácticos que luego se instrumentan, sobre todo, en los colegios privados de la Isla, desde la década del cincuenta es posible apreciar una verdadera especialización en la literatura para la enseñanza de los niños y jóvenes cubanos, que atiende, tanto a la graduación de los conocimientos según los distintos niveles de aprendizaje de la lectura, como a la formación integral de los educandos, con vistas a su utilidad y desenvolvimientos sociales. Un aspecto importante dentro de los presupuestos epocales, para la escritura de los libros de texto, es la aplicación consecuente del sistema explicativo en su fundamento teórico-práctico, que introduce José de la Luz y Caballero en las escuelas primarias de la década del treinta.

Cuando se estudie la diversidad de materiales educactivos que recibe el sector poblacional medio al que pertenece ese niño de La Edad de Oro, enseguida aparecen los cuadernos que instruyen a los escolares en las buenas costumbres y reglas de urbanidad, al igual que otros dedicados a divulgar la doctrina cristiana, a tenor de los valores establecidos y los intereses de la clase dominante. Sin embargo, a diferencia de los volúmenes difundidos en la Isla por la metrópoli, las mejores muestras de este tipo de literatura religiosa escrita en Cuba son mucho más amenas: se integran la poesía y la narración para ofrecer escenas de la historia sagrada, y se procura diseñar un discurso que motive la lectura.

Los libros de lectura, basados en los principios metodológicos del sistema explicativo, son los portadores, durante la etapa, de nuevas propiedades que posibilitan la evolución de la serie hacia un estadio superior, pues ellas contribuyen a quebrantar las normas prevalecientes en la literatura didáctica de la década anterior.

La narrativa, género jerarquizado en dichos volúmenes, emplea el método costumbrista en la búsqueda de una relación identificadora entre el niño y su entorno, para lo cual el escritor, en textos breves, concebidos de ese modo, con el fin de mantener la atención infantil, generalmente ofrece una información variada y amena sobre temas diversos. Libra así al discurso de los diálogos aleccionadores y del exceso de didactismo, propios de esa literatura hasta entonces.

Desde el punto de vista lingüístico, los cuadros de costumbres, que son leídos en estos libros por niños como José Martí, empiezan a nutrirse de cubanismos y de expresiones del habla popular, en un afán por fijar un código típicamente criollo, que se distinga de los giros castizos y del lenguaje peninsular.

El estilo narrativo se define por su limpieza sintáctica y abundantes descripciones, por un tono lírico coloquial, así como por recursos poéticos afines con el universo infantil, siempre con un vocabulario adecuado a las edades del destinatario. Como se ve, esta especialización del discurso literario para la infancia se ha ido despojando paulatinamente de la concepción del niño como un proyecto de hombre, capaz de alcanzar un conocimiento enciclopédico.

Desde el punto de vista estructural, el signo evolutivo básico radica en la conformación de un relato que, sin franquear del todo los límites de la estampa, adelanta elementos de la acción y la trama, anunciadores de algunos rasgos constitutivos del cuento como género futuro de la literatura nacional.

Otro cambio significativo se opera en la concepción de los diálogos. El método heurístico, heredado e la fórmula tradicional de preguntas y respuestas, propio del catecismo, se desautomatiza con la creación de verdades “conversaciones” que, por un lado, concatenan las distintas viñetas, a partir de motivos finales de un diálogo, introductorio del asunto a tratar en el siguiente; y, por otro, cuando la acción se brinda a través del coloquio, la voz del adulto funciona como un narrador, y el niño se convierte en personaje activo de la anécdota, con lo cual se conforma un “cuento” breve, que tiene su origen en una situación trivial y se transforma en un texto de perdurables valores humanos y artísticos. Así, el discurso conserva cierta unidad composicional que colabora con el carácter estético de la narración.

A fines de la década del cincuenta, cuando José Martí se estrena, en el curso 1859-1860. como alumno de un colegio habanero, ubicado en el barrio de Santa Clara, donde su padre se desempeña como celador, el diseño de los libros de lectura denota, no sólo la remodelación del principio dosificador de la información y el conocimiento, de acuerdo con los niveles de recepción según la edad, sino también el valor que ya se le otorga al texto en tanto discurso artístico. En ello participa la ganancia de una conciencia productiva que unifica la capacidad pedagógica del maestro con la estrictamente literaria.

Durante los años en que ese niño de La Edad de Oro asiste a la escuela primaria ya el libro de lectura, principal portador de la serie infantil cubana, ha atravesado por un proceso evolutivo que va, desde la absolutización —en los inicios— de su carácter utilitario, al servicio de una enseñanza dogmática y regida por los presupuestos didáctico-moralizantes, hasta la concepción de un texto integral que jerarquiza la función estética de la obra de arte, para la consecución de una lectura placentera, adecuada al horizonte de expectación y experiencia vital del pequeño lector, lo cual asegura la realización de la capacidad polivalente del hecho literario.

Ahora bien en junio de 1857, dos años antes de asistir a su escuela de barrio, el niño de La Edad de Oro se traslada con sus familiares a España, donde radican hasta junio de 1859, debido a una repentina enfermedad de su padre don Mariano. Poco se conoce de esta primera etapa de su infancia, sin embargo, el investigador Juan Losada extrae de ella algunos aspectos de sumo interés, en su libro Martí, joven revolucionario (1969), que deben entrarse a considerar de inmediato:

Cuando Martí viaja a en 1857, con sus padres, a Valencia, cuenta con cuatro años de edad, que es precisamente el momento en que se inicia por los niños una nueva actividad intelectual de su desarrollo, En el niño se desencadena una brusca y activa curiosidad por las palabras. Ya no le basta con las palabras que otras personas le suministran. Ahora, las demanda activamente. El vocabulario crece ampliamente. El niño entra en la edad de las preguntas. Exige información sobre cada cosa nueva. Precisamente en Martí, este proceso se activa inusitadamente, al correlacionarse con su viaje a España. Los preparativos del viaje, el prolongado crucero del barco, el imponente océano Atlántico, los contrastantes paisajes españoles, la ciudad en la que viven por dos años, las costumbres y normas de vida del lugar, el regreso, estimulan a Martí, no sólo el desenvolvimiento del habla, sino que condicionan activamente su atención y su percepción.2

 

Es probable que el primer contacto de ese niño de La Edad de Oro con la literatura didáctica infantil que se produce en la Isla por entonces tenga lugar entre los ocho y nueve años,3 en el colegio San Anacleto, sito en la calzada de la Reina, número 59, que dirige Rafael Sixto Casado y Alayeto desde el 13 de setiembre de 1857, y al que asiste José Martí, en sus inicios como estudiante, durante el curso escolar de 1861 a 1862. aunque su matrícula puede ser de un año antes, a juzgar por la cesantía que recibe su padre el 24 de octubre de 1860, quien pierde el cargo de celador del barrio de Santa Clara, por haber violentado algunos requisitos de su empleo,4 según demuestra Emilio Roig de Leuchsenring, en su documentado ensayo Martí en España, que se publica en 1938. Seguramente ésa es una de las razones por las cuales el niño se traslada rápidamente a otro colegio, a instancias de sus familiares.

Este cambio posibilita la apertura y el enriquecimiento de su experiencia vital y cognoscitiva, al ampliarse el universo de sus lecturas y relaciones sociales, más allá del estrecho marco en el que se ha venido desenvolviendo el pequeño, entre su escuela anterior y el hogar, con unos padres “honrados aunque de poca inteligencia e instrucción”,5 tomando en cuenta los criterios de su amigo y condiscípulo Fermín Valdés Domínguez, recogidos en su testimonio Ofrenda de hermano.

Cuando José Martí comienza la enseñanza elemental, todavía rige en el país el “Plan General de Instrucción Pública para las Islas de Cuba y Puerto Rico”, que, a pesar de ser redactado en 1842, se aprueba por real Orden del 27 de octubre de 1844, y se instrumenta en 1846, luego de producirse la centralización educacional, a través de la cual la metrópoli consolida su dominio ideológico, sobre todo, en las escuelas gratuitas. La puesta en práctica de esa medida coactiva tiene como resultante el cese en sus funciones de la sección de Educación de la Sociedad Económica de Amigos el País, la que se sustituye por la Junta de Inspección de Estudios, integrada por doce miembros fieles a la Corona española.

Contradictoriamente, la centralización de la enseñanza acentúa la labor patriótica de los colegios privados, muchos de ellos encabezados, en sus elencos, por prominentes figuras de la intelectualidad cubana más progresista, que fungen como educadores en distintos puntos de la Isla, a partir de los últimos años de la década del cuarenta: José de la Luz y Caballero, Juan Clemente Zenea y Anselmo Suárez y Romero (La Habana); Antonio Guiteras, Cirilo Villaverde y Eusebio Guiteras (Matanzas); Gaspar Betancourt Cisneros (Puerto Príncipe); José María Izaguirre (Bayamo); Juan Bautista Sagarra (Santiago de Cuba). Estos escritores antes mencionados proveen, en su mayoría, los textos que se van a aplicar en las escuelas nacionales. Gracias a su quehacer se observa un punto de giro en el plano ideotemático y composicional de los libros que conforman la literatura instrumental cubana de la segunda mitad del siglo XIX.

Antes de finalizar la década del cincuenta, en 1858, empieza a editarse el Álbum de los Niños, primer periódico infantil insular, dirigido por Manuel Zapatero, español radicado en la Isla, quien lo publica por entregas, todos los sábados, de 5 a 6 de la tarde, en la imprenta La Habanera, ubicada en la calle de Aguacate no. 62, con el objetivo de que sirva como opción literaria para la infancia criolla, en los ratos libres del fin de semana.

Esta revista de pequeño formato y con 16 páginas sale regularmente durante cuatro años, y, desde su primer número, el director explica ¡A los niños de ambos sexos” los propósitos de su empresa y las características generales de su publicación, con el fin de establecer una comunicación diáfana, un diálogo amistoso entre el redactor y los suscriptores del periódico:

El Álbum de los Niños vendrá a formar un libro anual, que será como el eco de la más pura amistad para todos y para cada uno de vosotros: por eso es que, estando yo precisado a dirigiros los artículos que mi pobre trabajo produzca, será con el nombre de “Vuestro amigo”, elegido por mí con el deseo de que me lo deis, así como el placer con que espero que acogeréis con la franca y candorosa gratitud de vuestros corazones los sentimientos del mío.6

El plan temático y genérico de esta publicación que concibe Manuel Zapatero para la infancia cubana es bastante amplio, pero sus propuestas ideoestéticas no rebasan todavía el conjunto de valores socialmente establecidos, si se analizan los materiales incluidos en sus 154 entregas, hasta el 4 de mayo de 1861, fecha de su último número.

Abundan en las páginas de su Álbum…, las estampas costumbristas, las narraciones didáctico-moralizantes y las reglas de urbanidad, fábulas y poesía de variada índole, adivinanzas y pasatiempos, pequeñas biografías de niños y hombres célebres, diálogos aleccionadores entre un padre y su hijo, versiones de algunos cuentos de hadas escritos por Charles Perrault (“El sombrerito rojo”, del 5 de enero, y “Los tres deseos”, del 4 de mayo de 1861, respectivamente), artículos de divulgación científica y cosmografía, lecciones de historia sagrada y mitología, trabajos de expresión literaria infantil, traducidos de revistas francesas como Le Journal des Enfants, y otros originales, que son enviados por los directores de algunos colegios de la capital.

Y he aquí uno de los datos más curiosos e interesantes de la mencionada publicación que dirige Manuel Zapatero. Desde el número 8, correspondiente al segundo semestre de 1859, el editor, interesado en promover la lectura de su periódico y con vistas a ganar un mayor número de suscriptores, estimula el surgimiento en sus páginas de una nueva sección, “Emulación al estudio y premio a la aplicación”, en donde “aparecerán periódicamente los nombres de los niños que sobresalgan por sus esfuerzos en cada clase”;7 y enseguida empiezan incluirse en el Álbum… los listados que envían algunas escuelas de la capital, suscritas por esa fecha al periódico de Zapatero.

A este pequeño grupo de centro docentes se suma el colegio San Anacleto, cuando su director Rafael Sixto Casado permite la divulgación, desde el número 19, relativo al primer semestre de 1860, del “Cuadro calificativo de los alumnos distinguidos por su aplicación y buena conducta en el mes de abril anterior”, y a partir de entonces es muy común encontrar en las páginas de la revista infantil las referencias a algún hecho particular ocurrido en esa escuela primaria o los logros individuales de su estudiantado, durante los ejercicios académicos que en él tienen lugar cada año.

Por otro lado, se establece tal compenetración entre el redactor del Álbum de los Niños y los colegios suscritos al mismo, que el propio Manuel Zapatero asiste a los exámenes de fin de curso, y llega a comentar, gozoso de los resultados que observa en ellos, en uno de los trabajos que dedica “A los niños, nuestros queridos lectores”, correspondientes al número 26 del segundo semestre de 1860:

Yo no necesito recordar más, que lo que he presenciado en el Colegio de San Anacleto, y estoy persuadido que en este como en el otro y en cualquiera de los que tan dignamente están dirigidos en esta capital, hay de que rebose el agradecimiento en el corazón de cada niño, que así se mira compensado de sus esfuerzos; de los mismos que han de llevarle al mayor bien de esta vida. ¿Quién de ellos no se siente henchido de ese entusiasmo creador a que aludió un benemérito y entendido profesor, a quien con tanta complacencia oí el colegio citado? Sí, amiguitos míos, ancha y gloriosa es la senda que os presenta en este siglo, tanto como él ofrece al que quiere, al que es dócil en la blanda e ilustrada marcha de la enseñanza actual, al que capaz es de sentir los estímulos de la emulación y del entusiasmo, que tan bien podeis seguir, de profesores como el que he citado y en cuyo sentir, sino tan bien lo sabe explicar, está perfectamente de acuerdo.

Vuestro Amigo.8

 

Como puede verse, este periódico circula entre los pequeños y los educadores cubanos, ávidos de hallar lecturas amenas para las horas y los días de asueto. Aunque su publicación se extiende sólo hasta el 4 de mayo de 1861, con seguridad, José Martí entra en contacto con algunas entregas del atractivo semanario habanero, cuyo emblema se consigna en el grabado anunciador de cada volumen semestral: “Amor a Dios, a nuestros semejantes y al trabajo.” El criterio anterior llega avalado por el hecho de que la revista se distribuye en el propio colegio donde comienza a estudiar, en 1861, el niño de La Edad de Oro, además de tomar en consideración que en los años en que éste se matricula en la citada escuela primaria, la misma cuenta ya dentro de su mobiliario con una biblioteca escogida con más de 850 títulos, y en la cual puede hallarse una colección parcial o completa de los seis tomos del Álbum de los Niños, encuadernada con las entregas de cada semestre.

Conviene agregar que la publicación es recomendada por la Junta de Inspección de Estudios, según se consigna en el número correspondiente al sábado 7 de julio de 1860:

COMISIÓN PROVINCIAL DE INSTRUCCIÓN PRIMARIA

El Excmo. Sr. Gobernador Superior, Vice-Real Protector, de conformidad con el dictamen de la Excelentísima Inspección de Estudios, se ha servido disponer que por esta Comisión se recomiende a los directores de Colegios y Escuelas de instrucción primaria, el “Álbum de los Niños”, publicado por el Sr. D. Manuel Zapatero, como texto útil auxiliar de que pueden valerse para la enseñanza en el ramo de lectura, para servir también de premio y recompensa a los alumnos que lo mereciesen. Y en virtud de acuerdo de la Comisión Provincial, en Junta ordinaria celebrada el día de ayer, para general inteligencia de los expuestos directores, se publica por este medio. Habana y Abril 17 de 1860.-Dr. Juan Francisco Chaple, Vocal Secretario

(Copiado de la Gaceta Oficial, n.53)9

Es muy probable también que el conocido periódico, ya en forma de libro, se instrumente por esos días en las clases de Lectura, o que sirva de obsequio a los alumnos que obtienen banda y diploma dentro de la distribución de premios realizada después de la conclusión de los exámenes generales del colegio San Anacleto, entre los que se encuentra el pequeño José Martí, quien resulta premiado en el curso escolar 1862-1863.

Todo esto puede haberse quedado en el marco de las conjeturas del investigador, de no hallarse la siguiente viñeta, escrita “por su Amigo”, y aparecida en el tomo segundo del Álbum de los Niños, formando parte de la entrega 23, de 1859:

CARIDAD DE UN NIÑO

Paseaba una señora con su hijo, niño de cinco años de edad, y en el paseo se encontraron con un mendigo, que parecía muy triste y enfermo, y andaba descalzo. Dejó el niño adelantar a su madre, sentóse, y quitándose sus zapatitos se los presentó al mendigo diciéndole “Buen hombre, tome V. Mis zapatos para que no ande con los pies en el suelo” ¡Ojalá hubiera muchos niños que estuvieran siempre dispuestos a dar alguna cosa a los pobres!10

¿Tiene conocimiento José Martí de este breve y aleccionador pasaje, localizado en las páginas de la primera publicación periódica infantil cubana? Seguramente. Pero su importancia no radica en la evidente semejanza que se establece entre la viñeta citada con anterioridad y el núcleo del conflicto desarrollado en “Los zapaticos de rosa”, sino en la censura implícita que se revela en ese cuento poético, concebido por Martí para el tercer número de su revista mensual La Edad de Oro, en donde el redactor critica la caridad de las familias ricas, como una de las virtudes teologales que se le inculcan al niño americano, dentro de un código estructurado a partir de conductas prestablecidas, en torno al deber ser del hombre en una sociedad clasista, regida por presupuestos religiosos cristianos, que sólo pretenden la conservación del status quo y la permanencia de la plataforma ideológica de la clase dominante.

Cuando el redactor de La Edad de Oro extrae de la tradición literaria insular uno de los motivos más recurrentes en la literatura infantil decimonónica, no busca recrearlo a través de otra anécdota similar sino que se permite esta cercanía temática, con el objetivo de promover una nueva lectura, la revisión generacional e ideológica de una de las posturas burguesas más repudiables desde el punto de vista social y humano. No en balde, el escritor de la revista opone las conductas infantiles de Bebé (la bondad) y Pilar (la caridad), para mostrar, en un evidente contrapunteo de actitudes, cuáles son las verdaderas virtudes del hombre en relación con sus semejantes. De ese modo, José Martí va conformando en la infancia cubana un distinto código ético-social, que pugna con los valores instituidos por el régimen colonial, desde que defiende sólidos criterios acerca del desenvolvimiento libre y solidario del ser humano en la sociedad, en contra de todo principio de falsa moral, sumisión y obediencia política.

En La enseñanza popular en Cuba desde el descubrimiento hasta nuestros días (1926), Santiago García Spring menciona las materias que se imparten en los colegios primarios entre 1846 y 1862, cuya distribución es como sigue: Religión Cristiana, Moral, Lectura, Escritura, Aritmética y Nociones de Gramática Castellana.11 Sin embargo, aunque el investigador reconoce la sistematización de estas asignaturas correspondientes al plan aprobado por real Orden de octubre de 1844, también apunta que “en muchas escuelas elementales se enseñó Geografía, Dibujo y Aritmética, más allá de la extensión citada, según la capacidad y entusiasmo de los maestros.”12

Esto coincide en líneas generales con las materias relacionadas por Emilio Roig de Leuchsenring, cuando explica las razones por las cuales el pequeño José Martí interrumpe sus estudios elementales, en abril de 1862, para residir por un tiempo en el Partido Judicial de Hanábana, en Matanzas, donde su padre ha de ocupar el cargo de capitán juez pedáneo:

…don Mariano no ideó para su hijo más porvenir que el oscuro y mezquino empleo de escribiente en la celaduría que él desempeñaba; de ahí que a los diez años, sabiendo ya escribir correctamente y con nociones de gramática, aritmética, geografía, historia y literatura, lo retiró del Colegio San Anacleto, de Rafael Sixto Casado, donde se educaba y lo llevó a su lado, a la celaduría del barrio.13

Al regresar a La Habana, en diciembre, hace unos tres meses que se ha estrenado el curso escolar de 1862-1863 en su colegio de la calzada de la Reina, número 59, pero José Martí, quien está próximo a cumplir los diez años, consigue, no sin esmero, igualar sus conocimientos con los de sus condiscípulos, y se coloca entre los primeros expedientes de su clase.

Por ese tiempo entra en vigor en la Isla el real decreto de 18863, que tiene su base en la “Ley de Instrucción Pública de 1857”, promulgada en España por Claudio Moyano, a cargo del Ministerio de Fomento, el cual se apoya a su vez en los planes educacionales franceses.

Esta medida es promovida en Cuba a instancias del ministro de Ultramar don José Gutiérrez de la Concha, quien posibilita, a partir del 15 de julio de 1863, la fundación de los institutos de La Habana, Matanzas, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba.

Según el nuevo régimen de estudios, la primera enseñanza se divide en elemental, que contempla las materias Doctrina Cristiana y nociones de Historia Sagrada, acomodadas a los niños; Lectura; principios de Gramática Castellana, con ejercicios de Ortografía; principios de Aritmética, con el sistema legal de medidas, pesas y monedas; breves nociones de Agricultura, Industria y Comercio; y en superior, con las asignaturas siguientes: Principios de Geometría; Dibujo Lineal y de Agrimensura; rudimentos de Historia y Geografía, especialmente de España; nociones generales de Física y de Historia Natural, acomodadas a las necesidades más comunes de la vida, además de una prudente ampliación de las materias ya anunciadas en la elemental.

Entre 1863 y 1864, durante el último curso escolar que matricula el niño José Martí en el colegio San Anacleto, como parte de sus estudios elementales, traba amistad con Fermín Valdés Domínguez. Según Juan Losada, en ocasiones, los muchachos “se enfrascaban en ardientes discusiones, ya que Valdés Domínguez es partidario de los esclavistas sudeños de los Estados Unidos y, Martí, por el contrario, defiende el Norte industrial. La guerra de Secesión lleva ya 3 años de continuados combates, pues ha comenzado en 1860.”14

El propio autor de la investigación Martí, joven revolucionario es el encargado de aportar el dato de que, por esta fecha, el niño de La Edad de Oro ha realizado ya una lectura detallada e inteligente de la novela antiesclavista norteamericana La cabaña del tío Tom, o La vida entre los humildes, que su autora Harriet Beecher-Stowe, publica en 1852. Es probable que el pequeño alumno de San Anacleto tenga noticias del otro libro sobre el mismo tema, Una clave para la cabaña del tío Tom, editado por la escritora antes mencionada un año después de la salida del primero.

Luego, Juan Losada aclara cómo el cambio que se opera en los interese de lectura del niño José Martí constituye la mayor evidencia de su inclinación consciente y paulatina hacia los contenidos realistas y el plano ideotemático de las obras literarias de ese género, con vistas a ser valorada convenientemente e incorporados enseguida a su experiencia vital y cognoscitiva:

El interés de Martí por esta novela nos muestra que sus preferencias en las lecturas se orientan hacia aquellas que ofrecen sucesos reales. A esta edad, esto es natural, ya que el muchacho presta una atención preferente al contenido de la lectura, quedando relegada a un plano secundario la forma literaria. Los problemas tratados y desarrollados en la novela “La cabaña del tío Tom” vienen a ampliar y reforzar en un plano imaginativo y cognoscitivo las experiencias vividas por Martí en el Hanábana.15

En cuanto a los libros, el “Plan de Estudios correspondiente a 1863” establece que las distintas asignaturas se han de aprender en los textos señalados por el Gobierno. En el citado reglamento, también se recoge que la Religión es necesario enseñarla por el Catecismo de la Diócesis, y la Gramática de la Real Academia constituye el volumen obligatorio de ese ramo.

La Capitanía General, por su parte, publica sistemáticamente, en los principales periódicos de la capital, la relación de textos didácticos recomendados por la Junta de Instrucción de Estudios, o considerados como “forzosos” para aplicarse en la enseñanza de las diferentes materias en los colegios públicos y privados de Cuba.

Al no contarse con un listado de los libros que se incluyen en los planes lectivos de las escuelas elementales donde estudia José Martí entre 1859 y 1864, se han analizado entonces las sucesivas recomendaciones de la Junta Superior de Instrucción Pública con respecto a los volúmenes que deben incluir los maestros primarios criollos en sus clases, así como los folletos relativos a los Elencos y Exámenes de centros docentes como El Salvador (La Habana) y La Empresa (Matanzas) —verdaderos pilares de la educación en ese tiempo—, por contener una distribución detallada y explicada de los materiales empleados durante cada año escolar.

A partir del criterio seguido en este caso, cuya base radica en el examen comparativo de ambos listados con los que aprueba la citada junta instructiva, se puede concluir que, en líneas generales, coinciden el currículo de asignaturas y los libros indicados en el plan lectivo de cada clase. Por ende, es de suponer que esos mismos cuadernos se estén utilizando también en el colegio San Anacleto, donde estudia José Martí desde 1861 y hasta 1864, aunque no deba pasarse por alto la facultad que tiene Rafael Sixto Casado, como director de ese centro estudiantil, de incluirlos todos o hacer enmiendas y otras adiciones, lo cual sale ya del límite de lo posible, no contando —como ocurre— con documentos que prueben la veracidad de estas suposiciones.

Se han escogido sólo los textos correspondientes a las materias de Religión y Lectura, por constituir el núcleo fundamental para la enseñanza de la Literatura en las escuelas primarias, en donde se aplica consecuentemente el método explicativo dentro del aprendizaje de la lectura.

Por lo mismo, han de considerarse los libros publicados en esa fecha por las imprentas cubanas que rápidamente comienzan a usarse en los colegios insulares e inciden en el modelado de la conciencia y el horizonte de expectación de los niños y adolescentes criollos.

He aquí la relación de los textos leídos por la infancia de la Isla entre 1853 y 1869, en las cinco clases correspondientes a la enseñanza primaria:

Clase Primera

Religión

Catecismo, preparado pro Eusebio Guiteras.

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte. Desde la creación hasta Jesucristo.

 

Lectura

Cartilla, de Eusebio Guiteras.

Librito de los cuentos y las conversaciones, de Cirilo Villaverde. Los niños aprenden el significado de las palabras y componen con letras de cartón oraciones fáciles, haciendo de ellas un ligero análisis gramatical.

Miscelánea infantil, de Juan Bautista Sagarra. Dos primeros libros de la serie de Mándevil.

Primer libro de lectura, de Eusebio Guiteras.

 

Clase Segunda

Religión

Catecismo, de Jerónimo de Ripalda. Oraciones explicadas.

Historia Sagrada, de Tomás e Iriarte. Hasta la salida de los israelitas de Egipto y la división de las tribus.

Génesis.

 

Lectura

Catecismo, del abate Claudio Fleury. Los niños dan cuenta de alguna parte del texto y el significado de las palabras.

Libro de los niños, de Francisco Martínez de la Rosa.

Salterio de la infancia, de Juan Bautista Sagarra y Blez.

Continuación de la Miscelánea Infanti, de Juan Bautista Sagarra.

Tardes en familia, de Pío Campuzano.

Libro segundo de lectura, de Eusebio Guiteras.

 

Clase Tercera

Religión

Catecismo y exposición breve de la Doctrina Cristiana, de Jerónimo de Ripalda.

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte. Hasta Salomón y el gobierno de los reyes.

Cuadro de la vida de Jesucristo y conformidad con el Evangelio, traducción del francés por José Manuel de Aguirre.

Los libros poéticos de la Santa Biblia, traducidos al verso castellano por T. J. González Carvajal.

 

Lectura

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte.

Educación de la infancia, de Pedro Blanchard. Los niños explican lo que leen y el significado de las palabras.

Dioscórides el huérfano o historia de un joven herrero, de Juan Bautista Sagarra y Blez.

El pasatiempo, de Juan Bautista Sagarra.

El aguinaldo de las niñas de Santiago de Cuba, de Juan Bautista Sagarra.

Libro tercero de lectura, de Eusebio Guiteras.

Tres cuentecitos o sean las virtudes teologales, de Juan Bautista Sagarra.

Fábulas morales, de Francisco Javier Balmaseda.

Colección de artículos, de Anselmo Suárez y Romero.

 

Clase Cuarta

Religión

Catecismo explicado de la doctrina cristiana, de Santiago José García Mazo.

La Santa Biblia, traducida al español de la Vulgata latina, por el padre Scio.

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte.

Catecismo de la doctrina cristiana, o compendio del catecismo grande, del padre Amado Pouget.

Los santos Evangelios, traducción de fray Anselmo Petite.

Libro de los Proverbios.

Catecismo y exposición breve de la Doctrina Cristiana, de Gerónimod e Ripalda.

Catecismo histórico o compendio de la Historia Sagrada y de la Doctrina Cristiana, para instrucción de los niños, con preguntas y respuestas, del abate Claudio Fleury.

Breve resumen de los libros históricos del viejo y nuevo Testamento, de José Serrano.

 

Lectura

Fábulas en verso castellano, de Félix María Samaniego.

Álbum del Yucayo, de Francisco Javier de la Cruz y Salvador Condaminas.

Catecismo explicado de la Doctrina Cristiana, de Santiago José García Mazo.

Historia de la Isla de Cuba, de José María de la Torre. Los niños estudian los principales acontecimientos y personas notables.

Fábulas literarias, de Tomás de Iriarte.

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte.

El padre y sus hijos, de Juan Bautista Sagarra.

Dioscórides el huérfano o historia de un joven herrero, de Juan Bautista Sagarra.

Tres cuentecitos o sean las virtudes teologales, de Juan Bautista Sagarra.

Historia de España, de Tomás de Iriarte.

 

Clase Quinta

Religión

Los santos Evangelios, traducción de fray Anselmo Petite. Principales parábolas. Los niños dan razón de la parte dogmática e histórica.

Historia Sagrada, de Tomás de Iriarte.

Catecismo explicado de la Doctrina Cristiana, o compendio del catecismo grande, del padre Amado Pouget.

La Santa Biblia, traducida al español de la Vulgata latina, por el padre Scio.

 

Lectura

En cualquier libro de prosa o verso, seleccionado al efecto. Los niños explican bien el sentido de las palabras y frases.

Historia de España, de Tomás de Iriarte.

Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño. Es el texto fijo.

Historia de la Isla de Cuba, de José María de la Torre.

Historia de Roma, de José María de la Torre.

 

Como puede apreciarse, la mayoría de los textos son importados por la metrópoli o reimpresos en la Isla, pues con ello asegura el predominio colonial dentro de la educación cubana. Por ende, el didactismo y el afán pedagógico no sólo están encaminado a la enseñanza de la lectura y otros aspectos del saber, sino también a criterios de conducta social, de acuerdo con los intereses de la burguesía criolla, por un lado, y de la Corona, por el otro. La doctrina del catolicismo, de igual manera que la historia, se encaminan a la conservación de una conciencia ideológica en concordancia con los valores hegemónicos. De ahí se desprende la prioritaria función axiológica preceptiva de la literatura instrumental en estos años.

Sin embargo, con la agudización de las contradicciones entre criollos y peninsulares, una parte de la intelectualidad cubana siente la urgencia de perfilar definitivamente un sistema de valores en oposición a las determinaciones metropolitanas. En ese grupo se encuentran algunos maestros de avanzada, quienes imparten sus clases o están vinculados de forma directa con escuelas privadas del país, y llegan, por tanto, a escribir libros de lectura con una proyección nacionalista, encaminada a la búsqueda de temáticas y asuntos típicos de la realidad insular, y a la actualización de los niños y jóvenes en los conocimientos científicos y culturales más desarrollados del momento.

Por los años en que nace José Martí ya se ha perfilado un tronco literario instrumental propio, que, a pesar de mostrar todavía su filiación a los procedimientos canónicos de la norma española y de no haber rebasado los principios de la enseñanza religiosa oficial, ni los presupuestos didáctico-moralizantes al uso, exhibe indicios de un resquebrajamiento desde los puntos de vista lingüístico, temático y composicional, sobre todo, en el método de las preguntas y respuestas heredado del catecismo, y en los asuntos típicamente nacionales, debido al interés manifiesto de sus autores por la naturaleza insular y por elementos caracterizados de lo cubano.

De esa manera, han sido esbozadas las bases de un auténtico proceso descolonizador, vinculado a las tentativas que también, en el orden de la cultura, se llevan a cabo en el resto del continente. Si en América Latina este movimiento nacionalista viene precedido por la liberación política y económica de España, en Cuba ocurre a la inversa: la descolonización evidente, en el campo ideostético, prepara las condiciones subjetivas para el choque frontal con el aparato de gobierno y las fuerzas represivas de la metrópoli. Esto demuestra una vez más el carácter activo de la cultura en la vida social.

José Martí pertenece precisamente a la primera generación formada en los textos didácticos de creación nacional, que surgen como una necesidad productiva y estética lógica de la escuela cubana, y más aún, de la serie literaria infantil, como consecuencia de una educación patriótica, que se convierte en el factor fundamental de la determinación de las dos tendencias existentes por entonces en los centros estudiantiles del país: una oficial, impuesta por España, cuya finalidad es “hacer almas y brazos dóciles”, enseñar para la esclavitud colonial; y otra, al margen de la cultura metropolitana y contrapuesta a ella, que pretende “hacer almas y brazos libres”, mirar hacia la identidad propia, según lo define Emma Pérez Téllez en su Historia de la Pedagogía en Cuba, de 1945.

La lista de textos citada con anterioridad se torna altamente significativa, por cuanto en ella también aparecen reflejados los libros de lectura pertenecientes a los escritores más destacados de esta modalidad genérica dentro del panorama de la literatura instrumental del siglo XIX: Juan Bautista Sagarra, Cirilo Villaverde, Francisco Javier de la Cruz y Salvador Condaminas, José María de la Torre, Eusebio Guiteras, Francisco Javier Balmaseda y Anselmo Suárez y Romero, entre otros.

A los efectos del desarrollo de la serie literaria infantil criolla, la labor de Juan Bautista Sagarra adquiere notable importancia desde el punto de vista creativo y editorial, si se toman en consideración que es él quien inicia y alienta todo un movimiento a favor de la bibliografía didáctica nacional, cuando funda la “Librería de los Niños Cubanos”, serie de cuadernitos de lectura que viene a cubrir la carencia de auténticos textos graduados, capaces de contemplar las necesidades de ampliación del horizonte cognoscitivo y estético de la niñez insular, a propósito de lo que unos años antes comenta Domingo del Monte, en su informe de 1837 a la sección de Educación de la Sociedad Patriótica de la Habana.16

Si José de la Luz y Caballero renueva los métodos educativos, Sagarra, proporciona a la infancia y juventud de la Isla, dentro de las limitaciones epocales, las lecturas adecuadas para su formación. Es por eso que el director del colegio El Salvador, en un discurso pronunciado ante sus discípulos, con motivo del acto por el fin de curso, en diciembre de 1859, llega a reconocer públicamente:

A veces —y disimúleseme que lo diga— se me cita como al más entusiasta de la enseñanza; justicia es decir que en Santiago de Cuba hay una antorcha que alumbra con rayos más luminosos: hablo, señores de mi querido amigo Juan Bautista Sagarra, “la lumbrera de Santiago de Cuba”; me congratulo de decirlo aquí, ante tanta concurrencia, porque al hablarse en Cuba de instrucción, debe ir unido este nombre al de Sagarra.17

 

Probablemente, los orígenes del quehacer literario de Juan Bautista Sagarra, para la niñez insular, deben hallarse en el nombramiento que le hace la metrópoli, el 22 de setiembre de 1833, a través de la Diputación Patriótica, para que desempeñe las funciones de revisor de las obras, libros y folletos que se introduzcan en Santiago de Cuba por esa época. Oportunidad que propicia la actualización del escritor en los textos más sobresalientes del período en otras latitudes, mientras el mismo observa, con pasmosa incertidumbre la carencia de cuadernos destinados a los pequeños criollos. Se da entonces a la tarea de prepararlos.

La “Librería de los Niños Cubanos” es el primer intento en castellano de crear una colección de obras dirigidas a divulgar entre los muchachos la historia y el acervo cultural y científico de los pueblos. Los antecedentes foráneos inmediatos en este sentido son los siguientes: en Inglaterra, Librería Juvenil (1750), de John Newberry; en Alemania, Biblioteca Infantil, concebida por Joachim Heinrich Campe, muy conocido en la Isla por la versión española de El Robinson de los jóvenes (1799), realizada por el fabulista Tomás de Iriarte; y en Francia, la Biblioteca de las Aldeas (1780), de Arnaud Berquin.

Entre 1839 y 1864, respectivamente, Juan Bautista Sagarra. Edita y reedita los diecisiete volúmenes que conforman su “Librería”, diez de los cuales son adoptados como textos de lectura en las escuelas insulares.18 Un buen número de estos materiales están dedicados a la difusión de la doctrina cristiana, mediante la adaptación de leyendas bíblicas, oraciones y relatos que ilustran las virtudes teologales, especialmente concebidos para la recepción infantil. En la búsqueda de instrucción y deleite, el pedagogo —ahora convertido en escritor— parte del presupuesto de que el niño es un proyecto de hombre, el cual mejora su condición moral, religiosa y su conocimiento del mundo a través de las enseñanzas que le ofrece la literatura.

La novedad de este plan didáctico de Sagarra estriba no sólo en la variedad y dosificación de los temas y asuntos abordados por el educador santiaguero, aun cuando ellos no trasciendan las normas morales y cristianas de la época, sino también en el uso gradual y la promoción del sistema explicativo como metódica operacional para el aprendizaje de la lectura en los pequeños que estudian en los textos escritos por el criollo, tales como:

Aguinaldo para las niñas de Santiago de Cuba

Miscelánea infantil (No. 2 de la “Librería de los Niños Cubanos”)

Salterio de la infancia

Continuación de la Miscelánea infantil

Disocórides el huérfano o historia de un joven herrero

El pasatiempo (No. 4 de la “Librería de los Niños Cubanos”)

Tres cuentecitos o sean las virtudes teologales

El padre y sus hijos (No. 7 de la “Librería de los Niños Cubanos”)

 Se ha visto que es amplia la gama temática y las propuestas estéticas y genéricas del maestro oriental. De ese modo, para el primer nivel infantil, Sagarra conforma los Silabarios de ambos sexos, con un sistema de combinaciones muy apropiado para el aprendizaje de la lectura en corto tiempo. Luego, los Aguinaldos, que contienen fábulas y poesías didácticas, pensamientos y un cuestionario general, que sustituye el procedimiento heredado del catecismo, el mecanismo automatizado de las preguntas y las respuestas al uso, con vistas a facilitar las ventajas del método explicativo. Las Misceláneas presentan un mayor grado de complejidad e incluyen textos breves y sencillos de temáticas diferentes, pequeñas historias y versiones de motivos bíblicos. Los diálogos de El padre y sus hijos ofrecen, en forma de capítulos, valiosa información sobre la naturaleza, la astronomía, la física y la mecánica, junto a un estudio como bases de la virtud y la utilidad del hombre. La noveleta Dioscórides el huérfano o historia de un joven herrero (acogida desde 1851 por el colegio El Salvador, que dirige José de la Luz y Caballero, y luego La Empresa, de Matanzas, y otros centros docentes de la Isla) se dedica a ilustrar los postulados éticos y pedagógicos pretendidos por Sagarra en toda la colección. El pasatiempo afianza la función lúdicra del texto, con el propósito de servir a la recreación del pequeño en los ratos libres o al placer estético, con la inclusión de fábulas, poesías, cuentos, artículos y pensamientos de variada índole. Vale destacar que algunas composiciones se escriben expresamente para este libro, como el poema “A Dios”, de la holguinera Adelaida de Mármol.

Mención aparte merece la primera noveleta juvenil cubana, Dioscórides el huérfano…, con la cual Juan Bautista Sagarra se plantea inspirar el amor al trabajo y a la instrucción. En esa obra de 249 páginas, el creador santiaguero apela a los sentimientos del lector adolescente, quien puede seguir con simpatía las peripecias de un protagonista capaz de vencer las barreras sociales, para adquirir un oficio, mediante la educación. El asunto folletinesco, propio de la literatura romántica, ilustra una tesis altruista: el hombre por la instrucción y el trabajo, puede salvarse de la corrupción y convertirse en un ser útil a la sociedad, postulado pragmático expuesto también en Los clamores del tío Domingo, de 1855, libro concebido por el escritor oriental para la enseñanza del pueblo en general (“Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes…, a vosotros me dirijo”),19 dentro de los principios de la moral y la cívica de la burguesía criolla de su tiempo, en cuyo prólogo se expresa:

No os diré: todos los hombres son iguales; porque esto es mentira, y porque no son las quimeras las que se aprovechan, sino las realidades. Pero en cambio, os diré cómo conseguiréis la verdadera y posible igualdad. La verdadera y posible igualdad la conseguiréis con el trabajo, la instrucción y la virtud.

El trabajo es la condición indispensable del hombre.20

Las tres ediciones que alcanza la novela Dioscórides el huérfano o historia de un joven herrero, entre 1851 y 1858, dan prueba de su aceptación por parte de un público juvenil que vive en un mundo férreamente jerarquizado.

La obra de Juan Bautista Sagarra y Blez abre veinticinco años de vida literaria interrumpida, dedicada por entero a la enseñanza de la niñez. Este afán de ampliar el horizonte ético y cognoscitivo de sus lectores constituye el proyecto más abarcador y encomiable del período analizado, labor que emprende el pedagogo santiaguero a través de la redacción de textos que observan los principios estructurales básicos para una correcta recepción según las edades y niveles instructivos correspondientes. Por todo ello, la “Librería de los Niños Cubanos”, al margen de sus determinaciones circunstanciales, es el primer eslabón de un proceso de independencia cultural de la metrópoli española, que alcanza un clímax con la expresión literaria de uno de los niños que se forma bajo el signo de esas lecturas escolares: José Martí, el hombre de La Edad de Oro.

Otro representante de esta línea de textos que ilustra el sistema explicativo es José María de la Torre. El autor, además de innumerables cuadernos de geografía e historia, prepara tres selecciones de lectura con gran acogida de público: El libro de las niñas…, de 1852, El libro de los niños de la Isla de Cuba y El libro de las poesías y otras composiciones… (1856), las cuales están ordenadas con extractos de obras de escritores clásicos y contemporáneos, que resultan de gran utilidad para una instrucción apegada aún a las normas y modelos peninsulares.

Los textos del geógrafo, historiado, estadista, catedrático y arqueólogo alcanzan la mayor tirada de ejemplares y reediciones de un escritor para niños en todo el siglo XIX —lugar que comparte con el matancero Eusebio Guiteras—, sin embargo, durante esos primeros años de su labor didáctica, el autor no ha perfeccionado su método todavía, por lo que se evidencia una deficiente elaboración del material en sus obras destinadas a la enseñanza de los pequeños, no hallada, por ejemplo, en su libro más importante, El Robinson cubano (1863), donde el maestro compila y resume una serie de volúmenes graduados suyos, muy conocidos por entonces en las escuelas insulares, entre los que se encuentran la Cartilla y silabario bajo un nuevo sistema, y otros, como las selecciones arriba mencionadas.

En el año del nuevo plan de estudios, sale en las imprentas de la capital El Robinson cubano o libro cuarto de lectura, publicado por José María de la Torre bajo el subtítulo de “Obra elemental de educación para los niños y para el pueblo”. Enseguida se adopta como texto en los colegios nacionales como el de San Anacleto.

El asunto del náufrago solitario, de la vida ajena a la sociedad, de la exaltación del individuo y su existencia natural, ha sido acogido con anterioridad por los lectores de los siglos XVIII y XIX, luego de la difusión del original del inglés Daniel Defoe. Después del Robinson Crusoe muchos náufragos rivalizan en la literatura de la época, como es de esperar, por la enorme popularidad que despierta ese asunto foráneo.

La obra de Defoe es reelaborada en Alemania por el pedagogo Joachim Heinrich Campe, quien reduce, en 1779, el texto el novelista británico al Robinson der jüngere (El Robinson de los jóvenes), una historia moral de estructura dialogada, muy propia para la educación de los menores.

La adaptación de Campe es, a su vez, objeto de traducción al castellano por el fabulista Tomás de Iriarte, y aprobada dentro de la Península por el mismo tribunal de fe que, en 1756, censura “por fundamentales razones” la edición original inglesa.

El conocido asunto se introduce en Cuba, cuando la imprenta La Fortuna entrega a la infancia criolla el cuaderno diseñado por José María de la Torre, quien enfatiza en el prólogo que entre su libro y el de Campe sólo existe una analogía y no se trata de una imitación, pues “a lo que parece el ingenioso Campe (…) se propuso hacer ver los recursos que la necesidad obliga a crear al hombre, al paso que mi propósito es que resplandezcan las ventajas de la instrucción sobre la ignorancia.”21 De inmediato, el autor enumera los principales fines de su volumen:

Proporcionar un libro más de lectura, útil y agradable, con aplicación al país.

Inculcar los más sanos principios de religión, moral y sociabilidad, por medio de un ejemplo práctico, de textos de libros sagrados o de pensamientos de autores clásicos, puestos por epígrafes a cada capítulo o intercalados en el cuerpo de la obra.

Inclinar a los niños al estudio de las ciencias y de las artes, mostrándoselas al efecto por el lado más agradable, cual es el de sus aplicaciones, y despojándolas de todo aparato, (…) y nunca a manera de una pedagógica lección didáctica.22

 

Por otro lado, la estructura de la obrita de José María de la Torre es sugerente y su escritor la modifica externamente en las ediciones de 1864, 1873, y 1884.

En el libro de Joachim Heinrich Campe se presenta a una familia que vive en una casa de campo cerca de Hamburgo. Allí el padre dialoga con sus hijos cada tarde y les va mostrando la historia del conocido náufrago, junto a dosificadas reflexiones éticas y conocimientos generales.

La analogía es evidente: en El Robinson cubano la acción se desarrolla en una quinta señorial del Cerro, durante el siglo XIX, en un ambiente criollo. Al atardecer, los niños y el resto de sus familiares escuchan los cuentos del padre sobre las hazañas de Robinson, además de explicaciones científicas y literarias, consejos morales y principios religiosos. Se hace notable cómo en el cuaderno abundan detalles de La Habana y otros lugares del país, información sobre la vida de los pequeños, las relaciones con sus progenitores y la utilización del tiempo libre.

La edición de 1863 consta de veinticinco capítulos o tardes. En 1873, aparecen sólo veintitrés, pues se han suprimido, por la censura metropolitana, aquellos dedicados a los “cimarrones”, y se incluye un tema para dictado en el apéndice. Todo el contenido está acompañado por ilustraciones de carruajes de la época, lugares e industrias.

El carácter de El Robinson cubano no va más allá del estilo moralizante y pedagógico del momento en que surge. No obstante, a pesar de su similitud con la obra de Campe, su peculiaridad estriba en la atención prestada por José María de la Torre al entorno sociocultural de la Cuba decimonónica, su aplicación a las condiciones reales y ambientales del país, de acuerdo con los postulados de la burguesía criolla.

Bajo idéntico signo ideoestético se presenta El librito de los cuentos y las conversaciones (1847), de Cirilo Villaverde, obra que alcanza dos ediciones ese mismo año y otra una década después.

Esta colección culmina un período de plenitud creadora del autor de Cecilia Valdés, que se viene desarrollando desde 1837, fecha en que se desempeña como maestro en el colegio Buenavista, hasta trasladarse a Matanzas, para trabajar en La Empresa, de 1839 a 1842. Cuando escribe El librito de los cuentos labora como profesor en el Real Cubano, de la capital.

La trayectoria que sucintamente se ha descrito revela algunos elementos de interés. Desde el punto de vista de la literatura infantil, Villaverde no sólo está al tanto de las ideas pedagógicas más avanzadas de la época, sino que su condición de maestro activo lo capacita para determinar las características particulares de su discurso, tomando en cuenta un tipo de lector específico. En el mismo título de la obra se precisa que está dirigida a niños de siete a diez años, en plena edad imaginativa. Este cuaderno puede haberlo leído, seguramente, José Martí cuando comienza a asistir al colegio San Anacleto, a juzgar por el ciclo vital y el nivel a que se destina El librito de los cuentos y las conversaciones, editado por tercera vez en 1857.

Por otra parte, el tiempo que pasa Villaverde en contacto con el grupo de Domingo del Monte le permite actualizarse dentro de las coordenadas culturales del período: el desarrollo de una narrativa social, de raigambre costumbrista en la asunción de tipos, asuntos y ambientes cubanos, pero que adopta una tonalidad romántica afín con las corrientes europeas.

El conjunto de lecturas que brinda Villaverde se distingue por su marcado acento nacional, tanto en la presencia de elementos de la flora, la fauna y el paisaje cubanos, como en el vocabulario, los hábitos y modos de vida infantiles. El autor sólo se detiene en lo foráneo para ampliar los conocimientos del pequeño, con vistas a enriquecer su información, como en el caso de “El cisne”.

El librito de los cuentos y las conversaciones se inicia con cinco estampas, notables por su brevedad y sencillez argumental, que tienen la función de facilitar la aplicación consecuente del método explicativo en los primeros momentos del aprendizaje de la lectura. Una de las viñetas más sobresalientes es ésta:

I

La niña melindrosa

Dedicado a Celina.

Mariquita da que reír a todas sus amigas. Un ratoncito que corra por junto a ella, le hace temblar de horror: una abeja que se pose en su vestido, la pone en un grito. Si una mosca vuela a su cabeza, o zumba en sus oídos, llama a toda la casa en su socorro como si le acometiera un perro.23

Conjuntamente con un marcado propósito reproductor de la realidad inmediata, los textos cubren otra zona de interés propia de ese tipo de literatura: la enseñanza de buenas costumbres y principios morales, dentro de los presupuestos cristianos dominantes. Además de las estampas, el volumen está integrado por otros materiales didácticos elaborados a manera de “conversaciones” (preguntas del niño y respuestas del adulto, según la norma al uso), entre las que Villaverde intercala poemas de asuntos cubanos, religiosos o moralizadores, tales como “La fuga de la tórtola”, de José Jacinto Milanés; “La corrida de patos”, de Ramón de Palma; “El sunsún” (sic), de José Silverio Jorrín; “Maternidad”, de Miguel Teurbe Tolón, entre otros.

Dentro de la incipiente narrativa infantil del período, los relatos del autor de La peineta calada se destacan por su capacidad comunicativa con el destinatario escogido previamente. En general, sus “cuentos” están protagonizados por niños de ambos sexos que muestran virtudes y defectos, a través de una anécdota sencilla y breve, expuesta con cierta ternura y aliento poético, aunque resultan maniqueos por su finalidad didáctico-moralizante; y algunos portan una visión paternalista de la niñez. Pero donde el escritor hace gala de sus mejores cualidades como narrador de la serie es en las “conversaciones”, viñetas que tienen el objetivo de transmitir conocimientos acerca de los más variados temas del mundo físico: el sol, la luna, los truenos y relámpagos, el campo, la pesca, los mamíferos, los reptiles, las aves, y entre ellas, las trepadoras y las de rapiña. Este afán naturalista de Villaverde se ve atenuado a veces por sus convicciones religiosas, aunque eso no hace mermar el contenido atractivo de cada uno de los textos.

El lenguaje empleado en esta sección del libro es digno de resaltar por los recursos poéticos cercanos al universo infantil: la luna “la vemos semejante a media torta de casabe”,24 y las “hutías” son “como ratas grandes”. Las oraciones resultan cortas, conformadas con una sintaxis sencilla y un vocabulario de acuerdo con el léxico de los niveles a que se destina el cuaderno. Los diálogos son ágiles y amenos, aunque no faltan las preguntas (propias de esta edad de los porqués), que funcionan como mera incitación de la respuesta adulta.

Hay ocasiones, incluso, en que las interrogaciones devienen apoyatura para crear un ritmo característico de la poesía. Por ejemplo, cuando un niño pide un “racimo de arroz” —según como se ve, y se ve explica de acuerdo con su edad—, la persona mayor agrega que este cereal se da en espigas, que racimos echan la palma real, el coco y el plátano; ello despierta la curiosidad del pequeño, quien a partir de entonces empieza a preguntar:

¿I el maíz?

El maíz echa mazorca.

¿I el garbanzo?

El garbanzo echa vaina.

¿I el boniato?4

El boniato echa raíz.

¿I el caimito?

El caimito echa fruta.

¿I el clavel?

El clavel echa flor.26

 

Como es evidente, el propósito instructivo recae en el conocimiento de la naturaleza familiar al lector, dentro de un texto que rebosa cubanía. Resalta en el pasaje citado anteriormente, el uso de cierto humor, al igual que en el cuento XVIII, “El charlatán”, donde puede leerse:

I

Estupendo i maravilloso espectáculo

Los perros sabios

Última noche en que estos asombrosos animales se presentarán a hacer prueba de su rara habilidad ante el respetable público de la Habana. Los perros sabios sacarán las cuentas que les pidan i harán otras gracias i suertes que dejarán asombrados á cuantos tengan la dicha de verlos.

Entrada general una peseta

los niños un real.27

 

La variedad con que se presenta el mundo vegetal, también se encuentra en la descripción de los animales, en particular de las aves. Allí, significativamente, el tocororo recibe una especial atención:

Pero las más lindas de nuestras aves trepadoras son sin disputa los tocororos. ¿No han visto ustedes nunca un tocororo? No es grande, tiene la cabeza azul, los ojos colorados, lo mismo que el cuello i el vientre, el pecho blanco, i el lomo i las alas por arriba verde tornasolado, i la cola i lo demás del cuerpo pintado de los mismos i otros variados colores, todos muy brillantes i bellos. Sin embargo, las costumbres, el canto i el aspecto de este hermoso pájaro tienen un aire tan melancólico que da tristeza oirle i verle en el campo. Los indios le llamaban Guatiní i decían que lloraba por la mañana para que viniera el sol, i por la tarde porque se iba. Efectivamente, el tocororo diciendo: tocororó, tocororó se pasa las horas i los días enteros posado en las ramas más ocultas de los árboles, o en los bejucos, con el cuello recogido, y las plumas erizadas (…)28

A la cubanía del lenguaje se une, en ese fragmento, la alusión a la leyenda aborigen, manera de ratificar una identidad nacional que, de ningún modo, significa evasión del presente, como suele ocurrir en la poesía nativista de los contemporáneos de Villaverde.

Esta asunción de la realidad de su tiempo se verifica al final de una de las “conversaciones” que transcurren durante un paseo por el campo, cuando uno de los personajes infantiles creados por Cirilo Villaverde pregunta: “¿Qué hacen tantos negros con su machete i su garabato? Van á cortar todas las matas de arroz?”29

 

El narrador adulto explica entonces:

—Escardan las yerbas que crecen dentro del arrozal i perjudican á la buena sazón de las espigas. Con el machete corto, que dicen de calabozo, rozan las yerbas, con el garabato de madera las arrastran i amontonan para quemarlas después. A la operación de rozar las yerbas, dicen en el campo chapear, palabra que no se sabe de qué lengua es originaria.30

Luego de la “intervención” didáctica del adulto, Villaverde aprovecha el punto de vista ingenuo del niño y pone en boca de su pequeño personaje el siguiente parlamento: “Los pobres negros sudan a mares: sin duda por el calor se han quitado la camisa”. La posible censura de la Junta de Inspección de Estudios no puede obviarse.

Sin embargo, la iniquidad de la esclavitud no es soslayada por el autor de Cecilia Valdés, aun cuando lo haga como en sordina. Desde antes, en la estampa VII, “El niño inconsiderado”, muestra al pequeño esclavo llamado Pablo, quien actúa, a pesar de tener la razón, en contra de su voluntad, por temor a que su “amito” blanco lo castigue. Seguramente, estos son los pasajes que más resonancia dejan en ese hombre de La Edad de Oro, que por esos días en que lee El librito de los cuentos y las conversaciones entra en contacto directo con las arbitrariedades coloniales y el trato inhumano que reciben los negros esclavos del Partido de Hanábana, adonde se ha ido a vivir José Martí con su padre, por espacio de nueve meses. Razón por la cual posteriormente es capaz de reaccionar contra todo principio de explotación, sumisión y de ocultamiento de la verdad.

La estructura de las “conversaciones” del cuaderno de Villaverde permite la concatenación de las distintas viñetas, a partir de motivos finales de una, que introducen el asunto de la otra. De este modo, el discurso conserva una coherencia interna y unidad composicional, que colabora en favor del carácter estético de la narración, a diferencia de las habituales preguntas y respuestas del catecismo, su modelo inicial. Villaverde provoca una desautomatización del método didáctico empleado tradicionalmente y, por esa vía, llega a concebir un largo relato, fraccionado en capítulos, en que el diálogo convencional o el coloquio cobran una dimensión más literaria.

“La bijirita”, estampa XXIII del librito, constituye un valioso ejemplo de lo anterior: la acción se ofrece a través de los diálogos, la voz del adulto funciona como un narrador, y el niño se convierte en personaje activo de la anécdota. En esa especie de “cuento” breve la madre está caracterizada con cierta ironía, a partir de su actitud imperativa hacia las dos hijas:

—Rosa, sacude tus zapatos en el quicio de la puerta, no sea que ensucies la sala con el lodo que se ha pegado a las suelas.

Entra ahora. Si sientes frío en los pies, lávalos con aguardiente, i enjúgatelos con un paño seco. La humedad es dañosa. Ana, cierra los postigos, que entra por ahí un vientecillo algo frío.32

Con pocos recursos, sin grandilocuencia verbal, esta escena cotidiana tiene un giro debido a la aparición de una bijirita que revolotea buscando una salida al exterior. La madre y las niñas le dan de comer, y una de ellas intenta atraparla, pero el adulto interviene para transmitir la enseñanza:

—No, hija, no. A los pájaros no les gusta que los encierren. Lo que á ellos les gusta es volar en el aire, picar las fruticas, coger insectos en el campo, saltar por las yerbas i cantar meciéndose en la copa de los árboles.33

Un lector actual tal vez no repare en las connotaciones de este relato dialogado, y sólo perciba su sentido recto; sin embargo, es presumible que, en la represiva década del cuarenta y en las siguientes del siglo pasado, la bijirita34 constituya un símbolo indirecto de las ansias de libertad del cubano, como lo es la tórtola para Milanés, poema que precede a la viñeta de Villaverde, ambos incluidos en El librito de los cuentos y las conversaciones. Todo ello refuerza la intención marcadamente política del autor de ese texto educativo.

La labor del novelista pinareño en favor de la infancia y la juventud criollas no concluye con la tercera edición de este volumen en 1857. En ese mismo año aparecen sus dos traducciones para niños de la Isla: Autobiografía de David Copperfield, de Charles Dickens, así como El tamborcito o amor filial, cuaderno de lectura escrito originalmente en alemán, y que Villaverde vierte del inglés al español.

Desde el punto de vista de la evolución de la serie literaria infantil, los textos que presenta El librito… resultan el embrión más terminado de la narrativa que se va a desarrollar a fines del siglo XIX, con los cuentos de La Edad de Oro (1889), de José Martí, y en Lecturas de Pacuas (1899), de Esteban Borrero Echevarría.

Al valorar la producción literaria de los escritores de la serie, debe considerarse que la literatura instrumental del período se nutre tanto de las creaciones cuyo destinatario manifiesto es el niño o el adolescente (materiales incluidos o no en los libros de lectura), como de aquellos que, aun cuando no son concebidos con ese fin, reciben la apropiación de maestros y alumnos. Tal es el caso de “La fuga de la tórtola”, de José Jacinto Milanés, insertada en El librito de los cuentos y las conversaciones, de Cirilo Villaverde.

Aunque esa pieza no ha sido escrita para este tipo de receptor, el delicado y peculiar lirismo, la referencia concreta a un contexto cercano, el uso de una anécdota cotidiana, el tono íntimo y, sobre todo, la cubanización externa del habla poética, que llega a apelar incluso a ciertos giros coloquiales, vienen a satisfacer necesidades existentes en este período de transición hacia una literatura nacional.

Tradicionalmente, la crítica ha considerado que detrás de «La fuga de la tórtola» se encierran las ansias de libertad, en una alusión velada a la situación en la Isla, o la melancolía por el amor perdido. Sin embargo, el interlocutor infantil pone énfasis en el sentido recto, en el asunto asequible a su propio mundo y su relación con la naturaleza; no hay lugar para la polisemia, sino para la anagnórisis de sentimientos y experiencias particulares. En ello colaboran el lenguaje ingenuo y el natural lirismo, apoyados en la musicalidad de los dos quintetos decasílabos y el estribillo final que compone cada estrofa:

Tórtola mía! sin estar presa

Hecha a mi cama y hecha a mi mesa,

A un beso ahora y otro después,

Por qué te has ido? ¿Qué fuga es esa,

Cimarronzuela de rojos pies?

Ver hojas verdes sólo te incita?

El fresco arroyo tu pico invita?

Te llama el aire que susurró?—

¡Ay de mi tórtola, mi tortolita,

Que al monte ha ido i allá quedó!35

Desde el comienzo, con un apóstrofe, se crea el clima de intimidad que va a definir el discurso general de esta canción-letrilla compuesta en tres unidades y cuyo soporte es una figura patética (la interrogación), con la cual se provoca un movimiento interno en la lectura y se afirma el carácter coloquial de un tono poético que rezuma ternura y cierto desamparo.

Unido a lo anterior, el lenguaje utilizado por el poeta no construye una barrera entre la composición y la sensibilidad del lector infantil. La simplicidad de los enunciados, la utilización de epítetos (“hojas verdes”, “fresco arroyo”…), los delicados diminutivos, además del uso de cubanismos (“cimarronzuela”, “tórtola”, “jubo”, “manigual”…) desarrollan un código expresivo cercano al que posee este tipo de receptor. Incluso, las metáforas más audaces como “cimarronzuela de rojos pies” no impiden la comunicación inmediata, por su obvio referente dentro del poema.

Desde el punto de vista del desarrollo de la serie literaria infantil, José Jacinto Milanés pone en circulación un asunto ya tratado por autores como Félix Fernández de Veranes y Manuel de Zequeira,36 pero que, a partir de “La fuga de la tórtola”, va a ser retomado una y otra vez por poetas como Eusebio Guiteras, José María de Cárdenas, Luisa Pérez de Zambrana y José Martí. Por otro lado, a los elementos apuntados se suma el desplazamiento semántico de algunos términos que tienen un sentido peyorativo en la época (cimarronzuela), para adquirir un nuevo valor, reforzado aquí por el diminutivo. Ese recurso lo actualiza luego Martí, en textos de Ismaelillo y de La Edad de Oro, con lo cual hace honor a sus lecturas de infancia y a una tradición lírica nacional.

En la literatura infantil del siglo XIX, resulta imposible obviar Fábulas morales, de Francisco Javier Balmaseda, libro cuya edición príncipe data de 1858, y que contiene treinta y seis piezas del género, acompañadas por ocho grabados, en donde se reproducen, sutil y humorísticamente, escenarios, situaciones y personajes de la obra.

Integra Balmaseda, junto a Rafael Otero y otros creadores, el grupo encargado de estabilizar y criollizar la fábula como genérica cubanísima. En efecto, estos poetas recrean los viejos asuntos legados por la tradición, y enriquecen su producción literaria con nuevos motivos, a los que les imprimen una gracia, naturalidad, armonía y estilo personales.

Entre 1858 y 1893, el autor de Fábulas morales consigue dieciséis ediciones distintas de ese libro durante el siglo XIX, escrito para ser leído en las escuelas y aprobado como “texto forzoso” por la Capitanía General de la Isla, el 23 de junio de 1863, a petición de una comisión examinadora que, en su informe de recomendación, sostiene:

Nada es tan difícil en la literatura como las fábulas, y la misma sencillez, la misma naturalidad y el mismo candor distintivo que exigen, es un obstáculo insuperable para llegar, no al bellísimo modelo que nos legó el genio de Lafontaine; pero ni aun el de sus felices imitadores nuestros célebres compatriotas Iriarte y Samaniego. He aquí por qué son tan dignos de aprecio los escritores que se dedican á este género de literatura que desdeñan algunos por insípido, sin tener en cuenta que en esa misma llaneza del estilo está la dificultad, porque se corre el riesgo de que alzando el tono se peque en hinchado, y que bajándolo toque en humilde y trivial, De ambos extremos ha huido el apreciable escritor D. Francisco Javier Balmaseda en su presente colección de Fábulas: la facilidad del estilo, el tinte local con que las ha vestido, y la concisión y la belleza del pensamiento moral que cada una encierra, las hacen acreedoras á una recomendación especial, y prescindiendo de los arranques y adornos líricos esparcidos en algunas de las Fábulas podrían entrar sin ningún inconveniente á ocupar un lugar muy distinguido entre las mejores que sirven de texto en los colegios; por todo lo cual, la Sección primera las cree de suma utilidad y dignas por todos títulos de recomendarse su lectura y circulación en los institutos de enseñanza, para provechoso entretenimiento de la juventud. Y de conformidad con el informe que antecede, lo traslado a V. S. a fin de que por esa Comisión se recomiende la obra como útil auxiliar de la instrucción primaria.37

 

Los elementos de la flora y la fauna insulares, en esta etapa convulsa, caracterizada por la más férrea censura colonial, son una afirmación del sentimiento patriótico y constituyen un factor de identidad cultural. Si a ello se une el manifiesto sentido de cubana que anima Balmaseda a concebir sus poesías didácticas, su acendrado nacionalismo, puede agregarse entonces que Fábulas morales representa un índice de progreso en la ruptura de la norma española vigente, sobre todo, por el tratamiento de los temas y la criollización de fórmulas estróficas extraídas de la tradición hispánica.

En el prólogo a su edición de 1863, el escritor explicita sus objetivos estéticos y didácticos:

Las fábulas morales parecen inventadas de profeso para instruir á los niños: el atractivo de la rima, ó la armonía del verso; la novedad que siempre les ofrece ver hablando y raciocinando los animales, lo ligero del plan, y hasta lo jovial y sencillo del estilo; todo contribuye á despertar su curiosidad, á fijar su atención y á incitarlos á aprender agradablemente y sin advertirlo, verdades muy importantes. No hay un niño que nos las recite en la escuela, ó en el hogar doméstico, lo cual demuestra su natural inclinación a este género de producciones.38

 

Al referirse al gran servicio que las fábulas prestan a la enseñanza en general, concluye el autor remediano:

La semilla que penetra en lo hondo del surco siempre produce abundante fruto; así una buena máxima, ó una prudente advertencia, aprendida en la infancia, nos sirve de guía, jamás la olvidamos, y muchas veces nos da la voz de alarma en medio del peligro.39

Por su parte, aunque Francisco Javier Balmaseda no aspira a presentar sus composiciones como modelos del género fabulístico, el poeta las publica porque, según él, ante el vacío existente, “los hombres tenemos el deber de servir a la sociedad en lo que podamos: no basta no hacer el mal, es preciso esforzarse por hacer el bien, aun cuando nuestros esfuerzos sean infructuosos”,40 uno de los preceptos nacionalistas y humanistas que luego va a primar en la redacción de artículos biográficos como “Tres héroes”, de La Edad de Oro.

El escritor cubano defiende criterios que mucho le deben al magisterio de José de la Luz y Caballero, en torno a la naturaleza de la enseñanza y el método más efectivo para el aprendizaje de la lectura, a partir y con la ayuda de las fábulas:

Observarémos que hay algunos que creen cumplir su deber enseñando lectura, escritura, aritmética y algún otro ramo accesorio. Su verdadera misión, la santidad del magisterio, esa especie de sacerdocio que mientras mas ilustrada y feliz es una sociedad mas lo eleva sobre el nivel comun, consiste en formar corazones, en cultivar las nacientes inteligencias procurando presentarles la verdad de las cosas, lo feo del vicio, lo hermoso de la virtud. ¡Cuán á propósito es para esto el sistema explicativo que abre las puertas para tratar fácilmente todas las materias posibles! Un educador hábil siempre lo estimará como indispensable para llevar á cabo su obra, que sin él será tardía é incompleta.41

Aun cuando se hace notorio el empeño descolonizador manifiesto en las palabras de Balmaseda, tan cercano al pensamiento posterior de ese niño de La Edad de Oro, Fábulas morales es declarado texto forzoso en los centros docentes insulares desde 1863. Sin embargo, son escasos los elementos de carácter religioso que se dan cita en el volumen, lo cual significa de por si un resquebrajamiento del sistema de valores de la época, de la norma al uso en la serie, sin contar con la transgresión, desde el punto de vista temático y composicional, de algunos procedimientos canónicos del género en la segunda mitad del siglo XIX.

A ello se puede agregar el indudable sentido de americanía que anima al autor, cuyo rasgo esencial es su acendrada cubanía, su nacionalismo evidente:

Debo advertir que en varias fábulas he puesto en juego diferentes animales y plantas que solo son conocidos en Cuba, lo que les da colorido local. He tenido presente que escribía para la juventud cubana y que la verdad carece de carta de domicilio, es una y pertenece á todo el mundo y á todos los hombres, donde quiera y como quiera que se insinue. Si he incurrido en un defecto, confieso que seré incorregible.42

 

Para ratificar los propósitos y logros estéticos de Francisco Javier Balmaseda con sus fábulas qué mejor ejemplo que las redondillas de “El cedro y el jagüey”:

Había un cedro gigante

De Cuba en el campo hermoso,

Que en el calor rigoroso

Daba sombra al caminante.

 

Lo respetó el rayo ardiente,

Los siglos lo respetaron,

Mil tempestades pasaron

Y nunca dobló la frente.43

 

La composición introduce un tema (la ingratitud), ya abordado por Rafael María de Mendive en “El mostachón y la pasionaria”,44 del año 1856, pero en el caso de Balmaseda, el poema establece una comunicación mucho más estrecha con el destinatario infantil, a través de un discurso en donde predominan los contrastes, elegancias del lenguaje tales como la anáfora, el polisíndenton, el pleonasmo, la paranomasia, y la aliteración. Estos dos últimos recursos sobresalen del conjunto, gracias a su hábil utilización en las terminaciones de algunos versos, los cuales provocan en el texto un efecto lúdicro, característico del retruécano o el trabalenguas, y un ritmo y musicalidad particulares:

Dióle al instante la mano,

Alzóse el Jagüey del cieno.

[…)

Y los días iban pasando

Los años iban viviendo,

Y el Jagüey siempre creciendo,

Y el cedro siempre menguando;

 

Y ya con negras congojas,

Desfallece y viene abajo,

Que no es más que un pobre gajo

Seco podrido y sin hojas.45

Otro tanto ocurre con “El majá y la jutía”, que centra su atención en dos animales cubanos, representantes, en la fábula, del mal (engaño) y el bien (inocencia), dentro de un discurso dramático, que se logra por el contrapunteo de los diálogos. Ese poema adquiere un doble papel, debido al tratamiento ideotemático del mismo y el alcance simbólico de sus personajes, los cuales van a ser retomados una y otra vez pr algunos fabulistas del siglo XIX y del XX, independientemente del sentido y los propósitos que primen en sus respectivos textos:

En una áspera montaña

De Cuba, mi patria hermosa,

Tierra la más deliciosa

Que el sol con sus rayos baña,

Creció una esbelta baría,

En cuya copa frondosa

Habitaba venturosa

Una inocente Jutía.

 

Vióla un enorme Majá,

Subió al árbol, y engañoso,

Le dijo muy cariñoso:

Mi señora, ¿cómo va?

Temblaba la pobrecita,

Y el culebrón con dulzura

Prosiguió mi vecinita,

¿Por qué esa negra pavura?46

Leyendo los poemas didácticos de Francisco Javier Balmaseda, enseguida cobran mayor valor sus palabras, cuando explica:

La fábula, además, tiene un no sé qué [por el cual he suspirado con poquísima fortuna] sacado de los instintos y de las costumbres de los animales, en virtud del cual parece cierto aquello mismo que sabemos que es pura invención poética, y estimamos como muy natural que hayan hecho y hablado los brutos lo que les atribuimos; esto equivale a la vis cómica del autor dramático. No basta referir en verso armonioso que un animal dijo, o ejecutó tal cosa, porque en semejante caso todos serían fabulistas: es necesario que la diga y la ejecute de cierta manera que le sea propia, con tal naturalidad y facilidad que nos figuremos estarle viendo y oyendo.47

El prólogo intercalado en la edición de 1863 es casi un decálogo de lo que debe ser este tipo de arte en Cuba, donde su autor aboga por el surgimiento de un verdadero movimiento fabulístico nacional, además de enunciar cuáles son —a su modo de ver— las claves y los requisitos del género para que perdure en la mente de sus lectores. Por ello, el escritor llega a analizar con creciente lucidez:

Es tan rica, tan espléndida la naturaleza en Cuba, que parece imposible mirarla con indiferencia bajo su cielo transparente y contemplando los magníficos paisajes de sus campos y la variedad de sus pájaros, árboles y flores. Ademas; si cada pais tiene sus costumbres, unas buenas y otras defectuosas; ¿cómo podrán los escritores empeñarse en la reforma de estas últimas alejando de la escena las cosas propias del mismo pais? La literatura en este caso no podrá ser la expresión del sentimiento comun del pueblo para el cual se escribe, ni tendrá aquella justa influencia que le corresponde en la direccion de las ideas.

[…)

Cuba no posee literatura especial; pero sí muchas cosas dignísimas de ser descritas; desdeñarlas los literatos cubanos es lo mismo que querer subir a la elevada cumbre bajando á lo más hondo de la llanura. ¿Qué provecho le traerá el niño la lectura de una fábula en que figuran animales que no conoce?48

Aunque separadas en el tiempo, y diversas por su proyección y alcance, existe cierta identidad de pensamiento entre las palabras anteriores de Francisco Javier Balmaseda y las apuntadas por José Martí en 1881, con respecto a la literatura del continente:

No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana, hasta que no haya Hispanoamérica (…) Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falte, no porque nos falte ella, si no porque esa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo (…)49

 

No en balde, el creador de las Fábulas morales afirma categóricamente, cuando tiene que valorar el significado y la trascendencia de su labor:

No podía serme indiferente la idea de influir de algún modo en el bien de la juventud: inmediatamente puse manos á la obra y la he terminado en pocos días. Segunda: que me perdoneis el colorido local, si lo estimais como un defecto: á este libro le vendría bien el título de “Fábulas cubanas”; mas yo, francamente, estoy muy distante de convenir en que este sea un defecto. Fuera e Cuba, se me dirá, carecen de interés muchas de mis producciones; pero, ¿debo aspirar á la gloria de que sean leidas en Europa? No por cierto, y si lo fuesen, por uno de esos caprichos de la fortuna que suelen decidir la suerte de un libro, el voto de los inteligentes estaria a mi favor, porque el colorido cubano, si yo tuviera estro y maestria, podia haber dado á mis cuadros cierta novedad, cierta originalidad y frescura que serian muy estimadas en el antiguo mundo por todos los conocedores de la indole peculiar del apólogo (…) He procurado con trabajo asiduo ofrecer a mi pais una obra digna de su ilustración (…)50

El alcance de la obra de este creador remediano dentro del panorama de la literatura para la infancia cubana es tal, que ella significa, sin dudas, un factor de transgresión de la norma, no sólo por su esencial cubana y universalidad, sino también por el carácter nada religioso de sus enseñanzas. Las concepciones estéticas e ideotemáticas del escritor de las Fábulas morales constituyen un elemento progresivo —y progresista— en la evolución del sistema de valores de la propia serie infantil nacional que, tres décadas después de haber leído las composiciones de Francisco Javier Balmaseda, transforma radicalmente ese niño de La Edad de Oro.

En verdad, la obra de Eusebio Guiteras es la deja una huella sensible en la formación literaria y patriótica temprana de José Martí, si se valoran justamente sus testimonios de 1893, poco después de la muerte del maestro matancero:

En sus libros hemos aprendido los cubanos a leer: la misma página serena de ellos y su letra esparcida, era como una muestra de su alma ordenada y límpida; sus versos sencillos, de nuestros pájaros y de nuestras flores, y sus cuentos sanos, de la casa y la niñez criollas, fueron, para mucho hijo de Cuba, la primera literatura y fantasía. En Cuba tenía él perpetuamente el pensamiento, siempre triste; y había algo de amoroso en sus modales, un tanto altivos en la mansedumbre, cuando recordaba los tiempos prósperos del colegio La Empresa, donde él ayudó a criar tan buena juventud, o se evocaba a los Suzartes y Peolis y Mendives, que fueron tan amigos suyos…51

En la segunda mitad de la década del cincuenta, se editan en Filadelfia, Estados Unidos, los tres cuadernos iniciales que Eusebio Guiteras destina a los escolares de la Isla, como un largo texto graduado según las edades, niveles instructivos y demandas ideoestéticas de los niños cubanos, dividido a su vez en varios volúmenes: Libro primero de lectura (1856), Libro segundo… (1857), Libro tercero… (1858) y Libro cuarto… (1868). Desde entonces este autor es quien provee los principales materiales educativos, los que comienzan a conformar el gusto estético y las convicciones morales y políticas de la infancia criolla.

Siendo muy joven, Eusebio Guiteras empieza a dedicarse al magisterio en la primera enseñanza. En 1845 regresa a Cuba, luego de un viaje por Europa, que realiza junto a su hermano Antonio, con la finalidad de estudiar los más modernos planes educacionales y su posible introducción en los colegios privados de su país. Con esa experiencia, dirige La Empresa, de Matanzas, entre 1850 y 1852, fecha aproximada de la aparición de su Catecismo, para las clases de religión, y la Cartilla, destinada al aprendizaje de la lectura en la edad temprana, En este tiempo también aplica el método explicativo y el principio de la integralidad en la formación del niño, proclamados por Luz y Caballero. Un año después tiene que trasladarse a Filadelfia, por motivos de salud. Allí concibe el maestro matancero un conjunto de cuatro volúmenes que conforman un sistema escalonado de enseñanza, sobre la base de la complejidad y variedad de los materiales, los cuales exaltan, con amenidad y sencillez, acciones virtuosas, buenas cualidades, medidas de higiene, etcétera, con una prioritaria función didáctica, que no desatiende el balance artístico que debe primar en este tipo de literatura instrumental; y toma en cuenta, además, la edad y psicología infantiles, dentro de un moderado espíritu religioso. En 1858, cuando el escritor ya ha concluido en Filadelfia, la edición de sus tres primeros libros de lectura, regresa al país, para dedicarse durante diez años a la educación de las nuevas generaciones.

El Libro primero… se dedica a los pequeños que han pasado la Cartilla y se inician en la lectura corrida. Sus lecciones están graduadas según las dificultades que pueden presentar los escolares y ofrecen distintos asuntos relacionados con la naturaleza y la moral. Los relatos, brevísimos, hacen uso del método explicativo, con vistas a lograr un rápido aprendizaje, y sus protagonistas son niños, para poder propiciar la identificación directa con el lector, como en el texto de Cirilo Villaverde, su antecedente inmediato. De ese modo, Guiteras busca influir en los hábitos de trabajo y estudio de la infancia insular, así como en su conducta social y principios religiosos, de acuerdo con los presupuestos ideológicos de la clase dominante. Así, puede encontrarse una estrofa, a manera de ejemplo, en que la interpretación cristiana del mundo se brinda con gracia y sencillez lírica:

Yo vi sobre los gajos

Brotar la linda flor;

Y crecer los naranjos

Que mi mano sembró.

¿Quién es el que lo hace?

Di, madre mía.— Dios.52

En las lecciones de Guiteras se supera el método tradicional de las preguntas y respuestas, de las “conversaciones”, y se introduce un diálogo más fluido y libre entre el niño y el adulto; como éste:

Ten cuidado, no tropieces con ese pobre hombre. Es ciego. (…) No puede ver el cielo, tan hermoso, ni el campo verde, ni el río azul, ni la gente que pasa por la calle…

Pobre ciego, voy a darle mi real, y otro día compraré las avellanas.53

Ahora bien, donde se alcanza un nivel estético más alto es en la poesía, por el tono, la delicadeza y ternura de las metáforas, así como por la soltura en el manejo de las fórmulas estróficas tradicionales y la utilización de elementos de cubanía:

Mientras se duerme el niño,

Brisas suaves,

El murmullo traédle

De los palmares,

Cuando empiezan sus ojos

A adormitarse,

Tal parece que dicen:

Adiós, mi madre.

 

Miéntras se duerme el niño,

Flores del valle,

Vuestros lindos colores

Venid a darle.

Sus labios son tan rojos

Como corales;

Y parece que dicen:

Te quiero, madre.54

 

En esta seguidilla simple, cuya tonalidad recuerda la nana, se anima la naturaleza y se pone en función de los sentimientos maternos, de manera natural y tierna, según corresponde a un primer nivel de lectura.

Este tomito inicial llega a cuatro ediciones durante los años sesenta, distribuidas como sigue: 1857, 1860, 1861 y 1862, respectivamente:

El Libro segundo amplifica las temáticas tratadas en el anterior, referentes a la moral cristiana, la caridad, la generosidad, el trabajo y la honestidad, así como introduce temas bíblicos y asuntos literarios de la época: las aventuras de El nuevo Robinson, de Campe, en versión de Tomás de Iriarte; el motivo del niño y la mariposa, etcétera.

Por otro lado, los textos tienen como uno de sus objetivos fundamentales despertar el interés por el campo cubano, con su flora y su fauna, y el desarrollo de la incipiente industria insular; sin embargo, la visión que se brinda es idílica, a pesar del marcado acento criollo, que es capaz de exaltar los valores y características físicas del país. Ello puede verificarse en un fragmento del romance “A Cuba”, de profundas resonancias neoclásicas:

………………………………..

Para ti, Cuba preciosa,

Los astros más claros brillan,

Y para ti de las flores

La aroma es más exquisita.

Para ti crecen los cedros,

Y crece la palma erguida.

El plátano sus racimos

Te ofrece con mano amiga,

Y sus mazorcas de oro

El rico maíz te brinda.

Para ti los azahares

Su fragancia al aire envían.

Y en naranjas se convierten

Al caer la flor marchita;

Y para ti coronada

Airosa crece la piña,

Que anidada entre las hojas

Parece reina en su silla…55

……………………………………..

 

Esa misma perspectiva es la que asume Eusebio Guiteras para ponderar los adelantos de la civilización. No obstante, se observa un punto de vista colonizado hacia el pasado prehispánico:

9. En tiempo de los indios no se veían esos caminos, por los cuales puede uno pasar de un punto á otro con facilidad, ni esas grandes fincas donde se cultiva lo que produce el fértil suelo de Cuba. En lugar de las miserables canoas de los siboneyes, se ven en los puertos grandes barcos, que ponen a la Isla de Cuba en comunicación con todas los partes del mundo.

10. En lugar de las criaturas desnudas que pasaban el día en un estado muy semejante al de los brutos, vemos á los niños asistiendo a la escuela, y aprendiendo en ella la religión verdadera.

11. Ahora la Isla de Cuba está civilizada, porque la civilización es lo contrario del estado salvaje.56

Con posterioridad, la generación educada en los libros de Eusebio Guiteras va a examinar el mundo prehispánico con otros presupuestos socioculturales y políticos, y una definida conciencia descolonizadora. La crónica “Ruinas indias”, de La Edad de Oro, y el ensayo programático “Nuestra América” (1891), ambos de José Martí, constituyen los mejores ejemplos de esta superación ideológica generacional.

La literatura de Guiteras alcanza sus momentos más descollantes, desde un ángulo artístico, cuando recrea temáticas cotidianas, muy cercanas al universo del niño, las cuales permiten al autor intensificar un discurso lírico, caracterizado por su tono íntimo y acendrada cubanía. De ahí que, en el Libro segundo de lectura, el escritor retome un asunto promovido por José Jacinto Milanés, y lo adapte a las normas de recepción infantiles, para crear “El tomeguín”, pieza que se distingue del conjunto por su musicalidad, ritmo y sencillez argumental y expresiva, aunque no llega a lograr el nivel de sugerencia, ni las excelencias del lenguaje de «La fuga de la tórtola»:

¿Dónde te has ido,

Mi tomeguín?

La puerta abierta

Y roto el güin.

Está la jaula

Triste sin ti.

¿No te gustaba

Verme venir

A todas horas;

Mi tomeguín?

¿Contigo buena

Siempre no fui?

¿Y no me dabas

Besitos mil,

Cantando alegre

De verme á mí?

¡Qué ingrato eres,

Mi tomeguín!

¿Allá en el monte

Serás feliz,

Comiendo un sucio

Gusano vil?

¿Y si te encuentra

El majá ruin?

Vuelve a tu jaula,

Mi tomeguín.57

 

El segundo texto de la serie preparada por Eusebio Guiteras alcanza dos reediciones en los años 1859 y 1862, mientras que el Libro tercero de lectura estrena su cuarta tirada en 1862. En este último volumen, su creador comenta con los educadores y alumnos:

Las clases, ya algo adelantadas, en que entran los alumnos despues de haber pasado el Libro segundo de lectura, permiten al autor de la série, en este tercero, estenderse en las materias, y dar mas variedad al estilo: cosas ambas de mucha consideración para conseguir que el alumno conserve vivo el interés, y no caiga en la falta de leer siempre en el mismo tono.» 58

En dicho cuaderno, el maestro matancero suelta aquí y allá sus semillas de patriotismo, y sus postulados acerca de la fuerza de “el saber” obtienen una rápida recepción entre pequeños como ese niño de La Edad de Oro:

8. El saber es como un arma: el que la emplea para quitarle á otro la vida, es un asesino; pero el que la conserva prudentemente, y solo la saca para proteger al débil o en defensa de la patria, es un héroe.59

Resonancia especial adquieren las palabras arriba citadas en el cierre de “Tres héroes”, incluido en el primer número de La Edad de Oro, de José Martí, lector de los libros de Guiteras:

Esos son héroes; los que pelean para hacer á los pueblos libres, ó los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.60

Véase la oposición “héroe”/“asesino”, enunciada por Guiteras, y la de “héroe”/“criminal”, a la cual alude José Martí, y han de encontrarse puntos de contacto evidentes; lo mismo que la frase “el saber es como un arma”, del primer autor mencionado, y “la fuerza está en saber mucho”,61 perteneciente al segundo, en donde hay visibles analogías.

Los libros de Eusebio Guiteras representan un nuevo estadio en la concepción de este tipo de lecciones para la enseñanza de la infancia y la juventud insulares. Ellos satisfacen una demanda de la escuela cubana, hasta tal punto que, a pesar de ser prohibida su circulación en los colegios públicos y privados del país, llegan a leerse clandestinamente, y proporcionan la lectura placentera del niño, al margen de los imperativos docentes del sistema educacional colonial y de los textos oficiales que introduce la metrópoli,62 para sustituir los del maestro matancero, aspecto comentado por Miguel Garmendía, en la revista El Estudiante, del 1 de marzo de 1906:

Nunca olvidaré (…) la dolorosa impresión que hube de experimentar un día, allá por el año 1871, en que, no sé si por orden del Gobierno o por diligencia oficiosa, nos fueron recogidos en el colegio los libros de Guiteras y se nos dieron en cambio las “Lecciones instructivas” de Iriarte. Lloré desconsolado mi libro tercero, como se llora a un amigo de quien se nos obliga a separarnos para quizá no volver a verlo. A mi corazón de nueve años, ningún maestro había hablado con tanta dulzura, con tanta bondad, en lenguaje tan inteligible y tan tierno. Lloré, pues, a lágrima viva, aquel injusto y odioso despojo y aborrecí durante largos días, devolviendo injusticia por injusticia, la prosa tal vez más castiza y más elegante, pero ¡ay! para mí helada y inexpresiva del afamado literato canario, cuyas lecciones descoloridas me hablaban con despego como si su autor no tuviera nada que ver conmigo. Echaba seguramente de menos a Guiteras, de quien me había forjado la ilusión de que había escrito aquellas páginas sólo para mí y para mis compañeros de estudio. He aquí el arte exquisito, inimitable, del pedagogo matancero. En sus libros es más que autor: maestro, amigo, padre de la inteligencia y del corazón de sus tiernos lectores.61

 

Se han visto hasta aquí los textos didácticos que integran el conjunto de lecturas posibles del pequeño José Martí dentro del plan de estudios correspondiente a la enseñanza elemental, que tiene lugar, sobre todo, en el colegio San Anacleto, porque “ese adolescente de La Edad de Oro” continúa sus clases, desde marzo de 1865, en la Escuela de Instrucción Primaria Superior Municipal de Varones de La Habana, para la cual es designado, en 1864, el maestro y poeta Rafael María de Mendive. Pero éste ha de ser el tema de la próxima entrega de nuestro blog.

 

Notas

 

 

2Juan Losada: Martí: joven revolucionario, p. 17, Comisión de Estudios Históricos de la UJC, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1969.

3Por las condiciones propias del colegio San Anacleto, con un director como Rafael Sixto Casado, escritor él mismo de textos didácticos de diferentes materias y preocupado por la educación integral de sus discípulos, es que surge la hipótesis del contacto temprano de José Martí con la literatura instrumental nacional y con otros libros infantiles cubanos y foráneos, si se tiene en cuenta además que este es uno de los primeros centros docentes en poseer una biblioteca escogida con más de 859 títulos, según relaciona Mariano Dumás Chacel, en su anuario de pedagogía y estadística de la enseñanza Guía del profesorado cubano para 1868, p. 97, Impr. El Ferrocarril, Matanzas, 1868.

4En su libro Martí en España, Emilio Roig enumera, con pruebas documentales, las faltas que constan en los expedientes de don Mariano Martí y Navarro dentro del ejercicio de sus ocupaciones como celador y capitán juez pedáneo, respectivamente, por las cuales es separado de su cargo el 16 de octubre de 1860, y el 24 de ese mes, el Gobierno Superior de la Isla aprueba su cesantía. V. Emilio Roig de Leuchsenring; Martí en España, pp. 14-16, Cultural, S. A., La Habana, 1938.

5 Emilio Roig: ob cit., p. 9.

6Álbum de los niños. Publicación semanal, editada y dirigida por Manuel Zapatero, t. I, pp. 3.4, entrega 1a., La Habana, 1858.

7Álbum…, t. 3, p. 100, entrega 8a., 1859.

8Ibíd., t. 5, pp. 401-402, entrega 26a.

9Ibíd., t. 5, p. 1, sábado 7 de julio de 1860.

10Ibíd., t. 2, p. 330, entrega 23a., 1859.

11V. Santiago García Spring: La enseñanza popular en Cuba desde el descubrimiento hasta nuestros días, p. 26, Impr. y Papelería La Universal, La Habana, 1926.

12Santiago García Spring: ob. cit., p. 27.

13Emilio Roig de Leuchsenring: ob. cit., p. 27.

14Juan Losada: ob cit., p. 19.

15Ibíd., pp. 19-20.

16En el informe sobre el estado actual de la enseñaza primaria en la Isla de Cuba en 1836, su costo y mejoras de que es susceptible”, leído por Domingo del Monte en la junta ordinaria de la sección de Educación, con fecha 31 de marzo de 1837, el autor exhorta a las juntas, con vistas a que ellas ofrezcan los medios necesarios para la edición de “cuadernitos” de mayor extensión que los periódicos de instrucción propuestos, pero de la misma sistematicidad de éstos (semanales, mensuales o por entregas), “escritos con lisura, amena variedad y estudiada ligereza, que contengan nociones exactas y entretenidas de ciencias naturales, de artes y oficios, de moral, de historia, de economía doméstica, de religión y literatura”, tal y como lo concibe Juan Bautista Sagarra y Blez en su “Librería de los Niños Cubanos”. V. Domingo del Monte: Escritos…, 2 t., t. 2, p. 47, Cultural, S. A., La Habana, 1929.

17Emma Pérez Téllez: Historia de la pedagogía en Cuba; desde los orígenes hasta la Guerra de Independencia, p 221, Cultural S. A., La Habana, 1945.

18Los diez libros aprobados como textos para las escuelas de la Isla son los siguientes: El silabario de los niños (No. 1 de la “Librería de los Niños Cubanos”); Miscelánea infantil (No. 2 de la “Librería de los Niños Cubanos”); El pasatiempo (No. 4 de la “Librería de los Niños Cubanos”); El padre y sus hijos (No. 7 de la “Librería de los Niños Cubanos”); Aguinaldo para las niñas de Santiago de Cuba; Continuación de la Miscelánea infantil; Dioscórides el huérfano o historia de un joven herrero; Salterio de la infancia; Estudio de la religión No. 3: Memorándum del niño católico y Tres cuentecitos o sean las virtudes teologales, todos escritos por Juan Bautista Sagarra y Blez.

19Revista de La Habana. Periódico Quincenal de Ciencias, Literatura, Artes, Modas, Teatros…, editores Rafael María de Mendive y José de Jesús Quintiliano García, t. 4, p 206, Impr. y Encuadernación del Tiempo, La Habana, 1855.

20Ibíd.

21José María de la Torre: El Robinson cubano, obra elemental de educación para los niños y para el pueblo, p. 3, Impr. La Fortuna, La Habana, 1863.

22Ibíd., p. 3-4.

23Cirilo Villaverde: El librito de los cuentos. 3ª ed., p. 7, Impr. de Manuel Soler, La Habana, 1857.

240Ibíd., p. 56.

25Ibíd., p. 93.

26Ibíd., p. 72.

27Ibíd., p. 46-47.

28Ibíd., p. 86.

29Ibíd., p. 72.

30Ibíd.

31Ibíd., p. 73.

32Ibíd., p. 59.

33Ibíd., p. 60.

34En la década del setenta del siglo XIX, los cubanos llaman a los españoles “gorriones”, y estos, a su vez, le dicen a los criollos “bijiritas”. Ello opera a favor del contenido alegórico de la estampa de Cirilo Villaverde.

35Cirilo Villaverde: ob. cit., p. 58.

36Félix Fernández de Veranes, en sus Jeroglíficos, de 1802, incluye una fabulita, cuyo personaje y motivos prefiguran “La fuga de la tórtola”, de Milanés. Por su parte, Manuel de Zequeira, en sus Poesías, de 1829, ofrece el soneto moral “Los pesares de la ausencia”, que trata un asunto amoroso, en donde el ave del poeta matancero, ya es símbolo del sentimiento y la desolación del poeta. (V. El tesoro encontrado  OJO

escrito por el autor de este ensayo.)

37Francisco Javier Balmaseda: Fábulas morales. 3a. ed. corr. y aum. con notas del autor, pp. V-VI, Impr. La Antilla, La Habana, 1863.

38Ibíd., p. VII.

39Ibíd.

40Ibíd., p. VIII.

41Ibíd., p. IX.

42Ibíd., p. XII.

43Ibíd., p. 21.

44El tema de “la ingratitud” lo trata Rafael María de Mendive, en su fábula “El mostachón y la pasionaria”, texto incluido en el tomo 5 de la Revista de La Habana, correspondiente a 1856. Desde el serventesio y los dos pareados del comienzo, el poeta introduce al lector en la acción y el conflicto de los personajes:

Roñoso un “Mostachón” mordió atrevido

El tallo de una tierna “Pasionaria”,

Después de haber lecciones recibido

Bajo su sombra agreste y solitaria.

 

Ella sensible con su ejemplo quiso

Al reptil enseñar cuánto es preciso

De noble orgullo y dignidad al hombre

Para alcanzar sin degradarse un nombre.

 

……………………………………………………..

V. Revista de la Habana, t. 5, p. 88.

45Francisco Javier Balmaseda: ob. cit., p. 22.

46Ibíd., p. 75.

47Ibíd., p. XIII.

48Ibíd., p. XII.

49José Martí: “Cuaderno de Apuntes” No. 5, en Obras completas, t. 21, p. 164, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

50Francisco Javier Balmaseda: ob. cit., p. XV.

51José Martí: Obras completas, t. 5, p. 260, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

52Eusebio Guiteras: Libro primero de lectura, 12a. ed., p. 75, Librería La Primera de Papel, Matanzas, 1881.

53Ibíd., p. 60.

54Ibíd., p. 94.

55Eusebio Guiteras: Libro segundo de lectura, 9a. ed., p. 102-103, Librería La Primera de Papel, Matanzas, 1882.

56Ibíd., p. 97-98.

57Ibíd., p. 131-132.

58Eusebio Guiteras: Libro tercero de lectura, 15a. ed., p. 3, Papelería La Cruz Verde, La Habana, 1891.

59Ibíd., p. 15.

60José Martí: La Edad de Oro, edición facsimilar, p. 6, Centro de Estudios Martianos, E. Letras Cubanas, La Habana, 1979.

61Ibíd., 1er. núm., p. 32, julio de 1889.

                                                                                                                   Publicado por la Editorial Gente Nueva, en 1998.

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

129 comentarios to “Ese niño de La Edad de Oro (I Parte)”

  1. Lourdes Says:

    Magnifico ensayo, con el que salio premiado su autor en el centenario de la revista martiana La Edad de Oro. Hay novedad y ejemplos muy buenos sobre la epoca de formacion del famoso escritor cubano del siglo XIX, que gracias a sus lecturas y vasta cultura logro revolucionar las letras hispanoamericanas. Espero leer la segunda parte de este gran libro. En el blog de Josan Caballero puede uno encontrarse de todo, que bien.

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  2. […] cubana Alga Marina Elizagaray y a resaltar la figura y obra de José Martí a partir de su ensayo Ese niño de La Edad de Oro. Con este blog, su autor ha querido proponer “un acercamiento al arte y la literatura desde […]

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  3. Noelio González Says:

    Acabo de leerme todo este material de consulta, y quiero decirte que es increíble lo que aportas al estudio de José Martí y una etapa casi sin investigación mundial, o sea, que los hallazgos que haces más los materiales que promueves son valiosísimos, debido a que dan a la luz nuevas ideas y planteamientos sobre cómo el autor de La Edad de Oro tuvo un objetivo y programa especial para hacer esa magnífica revista para niños. Muy bueno, fantástico texto ensayístico, Noelio.

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